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Noelia Molanes Costa

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#casetanúmero1  

Noelia Molanes Costa
COORDINADORA/REDACTORA
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Fui una niña de coleta torcida, de diario en el cajón, de poemas para el día de la madre, de uñas con sabor a tierra y de un inspirador primer amor, lleno de versos en lugar de besos. Me define, más que mi nombre, contar que soy la pequeña de cinco, que aprendí lo que es la confianza yendo de paquete en la BH de mis hermanos por una cuesta empinada… y volviéndome a montar con las rodillas peinadas en virutas de piel. Odié infinitamente los generosos y rígidos cuellos Peter Pan de mis blusas porque me tapaban la cara al correr y, para disgusto de mis padres, supe antes que los puntos eran el preludio de una cicatriz que un signo ortográfico. Crecí ante la belleza de la Ría de Vigo contemplada desde una casa abrazada por los árboles y enterraba notas en el jardín para explicar a los paleontólogos del futuro cómo era esa prehistoria que acariciaba ya el siglo XXI.

Mentiría si todo lo que he contado no siguiese describiéndome todavía hoy, no sin cierto pudor: soy de ese tipo de personas a las que le gusta más preguntar que responder, contar que contarse, desnudar que desnudarse. Me consideraré nómada hasta que no consiga reunir todos mis libros bajo el mismo techo que mi cepillo de dientes y no me importa saber si la botella está medio llena o medio vacía, lo que me encanta es contar de quién es el vodka y por qué no se lo ha terminado.

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César Segura Vargas

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#casetanúmero2  

César Segura Vargas
ILUSTRADOR/REDACTOR
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Nací en un pueblo fundado en el Siglo de las Luces, enclavado en las faldas de uno de los innumerables pliegues que conforman Sierra Morena. Unas calles rectas pavimentadas, unas dehesas extinguidas por hacheros emigrantes de la vieja Europa, una pelota de cuero desgarrada y remendada por un zapatero, una estridente pedrada en el portón frente a la satisfecha mirada de un chiquillo cabrón, abuelos que inhalaron los gases nocivos de las minas de plomo y abuelas que amamantaron y labraron su supervivencia cantando, a pleno pulmón, el precio del género que portaban en su carretilla, dibujaron en mi niñez aquella huella que dejó la Ilustración.

Con el paso de los años he ido nutriéndome de los universos con los que he tropezado –y otros tantos que, sin más remedio, me he inventado– para conseguir una apariencia de adulto que aún sigue intentando crecer y que no quita ojo a los demás niños que juegan entre el centeno.

Definirse es a veces sólo cuestión de perspectiva: podría ser una ínfima bacteria en este amasijo de estrellas, un habitante de este planeta, un viandante más de estas aceras, un bolsillo sin libreta donde apuntar la palabra precisa que trajo Doña Inspiración en el momento más inoportuno, y una memoria que no recuerda dónde guardó la servilleta en la que la anotó; pero soy, ante todo, alguien con apenas un puñado de verdades, como la de saber que sólo si te encuentran tecleando, las musas, los fantasmas y los despistes, bailan al son que les escribes.

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