Fotos contadas (I): Sonrisas de charol

césar retocada

Ya no se encuentran sonrisas como estas. Se han extinguido, como el traje de los domingos y las polaroid con un “te quiero” escrito a boli en el reverso. Sus sonrisas se han diluido en el mar de otros tiempos, como el oficio de zapatero, como esos niños obligados a jugar a ser mayores. Ya nadie se emociona ante el objetivo de una cámara como ellos lo hacen, ya nadie fuerza el tipo para dejarse inmortalizar en la que saben que será una de las pocas imágenes que conserven de su niñez, de su juventud, de su vida. Ahí están, en un pueblo de Sierra Morena en Jaén, en una fecha indefinida de los años 50. Días en los que no sobraban las cámaras pero sí los zapatos viejos, los remiendos y los charcos donde calarse los pies, donde empaparse de ese júbilo inconsciente de la infancia. Todos se resumen sin quererlo en una sonrisa: la que se estira, contenida pero sincera, bajo el recto bigote del maestro, y la espontánea que abren, como un abanico, los dos muchachos de las esquinas.

Son tres los protagonistas de esta imagen, aunque uno parece de paso, finge pertenecer a aquel lugar y se apresura a meter la mano dentro de un zapato sin darse cuenta de que esa aparente profesionalidad le hace desentonar. El otro crío, sin embargo, está ahí para quedarse. Aunque sus manos no se encuentren inmersas en la faena, el mandil le delata. En ese aparente equilibrio, la vista se inclina hacia la pureza, hacia los tres únicos objetos blancos de la escena: la camisa del maestro, la del aprendiz y los zapatos que al fondo parecen predecir aquella boda que dos décadas más tarde los convertiría en familia. Sí, aunque ahora es sólo una foto cuarteada que no hay nadie que remiende, en sus márgenes se ha quedado eternizado un instante que bien podría resumir toda una vida. No inspira nostalgia porque esta foto está llena de presente: de momento el niño aprende un oficio, aunque luego lo rechazará, y rechaza ahora a una niña, la hija del maestro, que al final se convertiría en su único compromiso eterno. Pero todo eso iba a pasar mucho más tarde; mírenlo, ahora sólo es un niño. Un niño contento con sus zapatos viejos.


*La imagen que se reproduce en este post para la sección de “fotos contadas” pertenece al archivo personal de la familia Segura Vargas de La Carolina, Jaén.

2 comentarios sobre “Fotos contadas (I): Sonrisas de charol

  1. Amjela Navarro dice:

    Una historia preciosa, contada con mucho gusto y cariño que nos hace rememorar tiempos pasados, me ha encantado, saludos a la familia Segura Vargas la cual me honra conocer

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