Fotos contadas (II): Tragedia es tu sonrisa

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El tiempo araña los rostros, los salpica con sus manchas de hierro y ni siquiera las fotografías son capaces de huir de la erosión de su tic tac implacable. Sí, el tiempo araña los rostros, aunque más hondo y fiero ansía arañar el recuerdo, sembrarlo de olvidos, morder sus recovecos. Entonces, ¿quién se ha preocupado en esta escena de preservar la memoria, de conseguir que sus sonrisas no se transformasen en muecas vacías? ¿Cómo pudo la alegría sobrevivir al espanto de la guerra y de los ojos abiertos a la muerte? La respuesta está ahí, frente a nosotros. En esa muchacha que parece atusarse la melena, o entregarse divertida, con el alma descubierta, al hombre que la contempla embobado. Ella, inmaculada con sus sandalias blancas sobre esa tierra preñada de versos, le da la espalda a la chumbera de hojas violentas y frutos de espinas. No ignora que el peligro los acecha, nunca dejó de intuir que la tragedia jadeaba tras sus pasos, que quería despeinar su cabellera. Pero ahí estaba él, siempre dispuesto a inventarse una barca para cruzar charcos y tempestades, como aquella primera vez en que la hizo reír y se quedó para siempre remando en ese pecho que acabaría colmado de goteras, anegado de tristezas.

Qué rápido se empapan las bocas de la palabra tragedia, qué fácil es pronunciarla, qué pocos han sufrido sus miserias. Tragedia es haber sido esposa apenas un lustro y ser viuda durante 45 pesados años. Tragedia es parir empachada de esperanza y pasarse la vida cantando nanas en soledad. Tragedia es querer arrullar el cuerpo amado convertido ahora en fúnebre estampa y que las rejas del odio aplaquen el calor de tus manos. Tragedia es que la guerra no sea un eco lejano de los libros de historia, sino un recuerdo vivo, ruin y oscuro. Tragedia es tu sonrisa, muchacha, frente al hombre que te ama, que sólo sabe observar y apretar fuerte los puños, para escribir con rabia lo que otros callan. Tus ojos lo dicen todo: despiertos, entregados, devotos, llegaron a la vejez cansados de repasar su nombre, para que nunca olvidaran al “poeta necesario”, que lo fue tanto que se ausentó de su propia vida. De la vuestra. Él era Miguel Hernández, tú, Josefina Manresa. Pero aquí sois sólo dos amantes espantando la tragedia. Lo conseguiste, Josefina, sois el rayo que no cesa.


 

*La imagen que se reproduce en este post para la sección de “fotos contadas” pertenece al Museo Miguel Hernández y Josefina Manresa de Quesada, Jaén

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