Fotos contadas (III): Hasta los huesos

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Resulta tan conmovedora esta escena, tan simple y a la vez tan efectista, que es fácil sentir cómo la región romántica del cerebro se derrama y encharca el entendimiento, cómo entran en cortocircuito todas las sinapsis neuronales y el embelesamiento se apodera de nosotros. Fíjense. Ahí desnudos ante el mundo. Qué pudor. Si nos esforzamos podemos incluso oír cuántas y cuán bellas cosas se están diciendo así, sin un gramo de epidermis para amortiguar el miedo. En el fondo nos hacen sentir idiotas: nos enseñan que no hacen falta labios para besarse (¿acaso no están sus mandíbulas entregadas a una caricia perpetua?), que no se necesitan ojos para mirarse, que valen eso, dos cuencas vacías, porque los amantes de verdad se ven sin necesidad de dilatar las pupilas.

La envidia no tarda en golpearnos con la clarividencia de un rayo. ¿Pero qué llevo buscando toda la vida? Si el amor es eso: una confusión de rótulas y metacarpianos, ese no saber dónde empieza tú fémur y donde acaba el mío. El amor es dejar mi mano pudrirse en tu pecho, que tus dedos se queden para siempre engarzados a mis costillas.

Es tan bello, tan sincero, que al final resulta que este abrazo de más de 5.000 años parece insultarnos. A nosotros, los que creíamos que el amor estaba en el corazón, o peor aún, en el cerebro. Escudriño la imagen píxel a píxel y no encuentro ninguno de esos órganos, pero el amor está ahí, lo veo en todas partes, contundente: en el breve aire que separa sus calaveras, ahí, en los tuétanos, palpitando en cada hueso marchito. Sí, el amor es sólo eso: un cráneo volado que se empeña en contemplarte.

La embolia romántica es tal que apenas nos damos cuenta de los detalles, como ese objeto punzante, típico del neolítico, que ha sobrevivido al muslo en el que estuvo encallado. Sí, sí, ahí abajo, a la derecha. Parece que alguien lo acaba de colocar, como si nunca hubiese pertenecido a la escena. Porque elegimos quedarnos con la mueca, la postura final, sin pensar en la tragedia de la muerte. Nos quedamos prendados de esa idea del amor eterno, fosilizado, y escogemos ver belleza donde quizá sólo haya resignación y tristeza: en aquella época, las mujeres (incluso las jóvenes como esta) eran sacrificadas cuando sus parejas morían. Claro, ¿con qué otra cara iba a mirar un esqueleto al cuerpo inerte por el que le han arrebatado la vida?


*La imagen que se reproduce en este post para la sección de “fotos contadas” pertenece a una excavación realizada en Mantua (Italia) y se conoce como ‘Los amantes de Valardo’

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