Fotos contadas (VII): Sobrevivir a un naufragio

IMG_20150731_005954Ninguno quería salir en esta foto. Se detecta fácilmente en el posado artificial, en los gestos asqueados, en las miradas desafiantes, en los labios apretados que sólo endulza con una media sonrisa la chica de la esquina. Todos se sienten incómodos, porque todos se sienten impostores: alguien les ha dicho cómo tienen que colocarse. Se nota en la forma en la que la chica de la camiseta rosa parece haber olvidado su mano sobre el hombro de su hermana, en cómo su hermana se agarra al taburete, en cómo la madre rodea a la pequeña y la pequeña entierra el brazo bajo el pelo de ésta, en cómo el chico de la esquina flexiona la pierna y en cómo al primogénito, en el centro, sólo se ha atrevido a indicarle la posición, no un gesto ridículo.

Mírenlos. Todos tan diferentes y a la vez casi parecidos. Se sienten extraños atrapados en su ropa de domingueros. Y eso que la madre le ha puesto voluntad: ha elegido su mejor blusa e incluso le ha dado algo de colorete a sus mejillas. En su mirada, triste, cansada, está la clave: en ella se lee la ausencia. La misma que se intuye en el hueco que, involuntariamente, se ha formado entre ella y la niña y entre los dos muchachos. Ese vacío tiene nombre y explica a quién va dirigida la foto. Para quién posan en realidad. Él, el padre, el marinero, dio sentido a esta imagen y la hizo distinta a las otras que tomaron a lo largo de su infancia para hacerle partícipe de esas vidas que se le escurrían de las manos, que crecían a millas de él.

Como otras antes, la foto surcó océanos en la asfixiada luz de un camarote y el salitre de la soledad pronto veló su superficie. ¿Qué tiene de especial entonces? Que nadie quería salir en ella, pero lo han olvidado. Porque el padre sobrevivió a un naufragio. Porque un día regresó a casa sin más pertenencias que esta foto, que este artificial posado de aborrecidas miradas. Con el agua calándole los pies, eligió rescatarlos, incluso siendo la peor versión de sí mismos. Y, de algún modo, con ese gesto, los salvó a todos. Porque eso era auténtico amor. Porque eso daba sentido a aquella ropa de domingo en un día de semana. Porque hoy esa foto descansa en un álbum y no se ha diluido en el fondo del mar.


*La imagen que se reproduce en este post para la sección de “fotos contadas” pertenece al archivo personal de la familia Molanes Costa

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