“Cien años de soledad” en 6 frases para reflexionar

cien años de soledad primera edicionPara que esta reseña pudiese estar a la altura de lo que narra, quizá habría que olvidar las prisas y esperar a una noche cualquiera en la que aconteciera lo extraordinario: que el libro se nos evaporase entre las manos, póngase por caso, y fuese la lluvia quien nos devolviese sus hojas reblandecidas, sus palabras empapadas, para contar con mayor precisión una historia que nunca ha dejado de contarse porque es universal, porque habla de todos los tiempos y no pertenece a ninguno. Puede que para conseguir precisamente eso Gabriel García Márquez necesitase crear un espacio reconocible, pero inventado, y encerrar emociones colectivas en esa veta hiperbólica con la que los seres humanos tendemos a echar la vista atrás, a convertir el pasado en un reproche. Eso es, al fin y al cabo, Cien años de soledad (1967): la prueba evidente de que la realidad, la lógica y la sensatez dicen mucho menos del ser humano que sus sentimientos, porque esos nunca resultan inverosímiles ni marcianos, por extremos que sean, son nuestro verdadero patrimonio, nuestra red de empatía. La pasión, el amor, la superstición, la locura, el terror y la soledad nos producen el mismo pánico, la misma vulnerabilidad, en un pueblo imaginado que en cualquier localidad que sí esté dibujada en los mapas.

No todo son ventajas y nada es sencillo: de hecho, estamos ante una historia deliberadamente enrevesada, a veces imposible de seguir sin un árbol genealógico a mano (es incluso recomendable que el lector vaya construyéndolo a medida que conoce los personajes y desaparecen); una historia que hace del estupor algo trivial,  y en la que la narración, a menudo planteada como pensamientos que se solapan y atropellan, no tiene puntos, ni párrafos, ni respiro para la fascinación.

El lector avanza entre fantasmas, en un presente con continuas huidas adelante y atrás, admirando hasta la extenuación esa imaginación pretérita y desbordante, llena de fugas ascendentes, de mariposas amarillas agitando con sus alas las conciencias, de mujeres tejiendo mortajas, envenenándose segundo a segundo con sus propios pensamientos, de pestes de noctámbulos, de ansiedades aliviadas comiendo puñados de tierra y cal… Un libro que cuando parece ya desmandado e irremediable se vuelve de pronto redondo, cíclico, perfecto. Y te abandona en la certeza del vello erizado en un final maravilloso.

Y es que hay algo obvio en Cien años de soledad: es un libro mágico, de esos en los que el juicio del lector común encaja magistralmente con el criterio de críticos e intelectuales, etiquetadores de obras maestras que a veces no pasan de ser una aburrida promesa. Esta vez sí, el eclipse se produce y se entiende por qué algunos lo consideran la obra más influyente de la literatura hispana después del Quijote. Ese arranque preñado de posibilidades (“muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) se ha quedado grabado en la retina del lector al igual que el desmemoriado arranque del caballero de la triste figura.

Gabriel Garcia Marquez

Cien años de soledad en seis frases para pensar

1.- Sobre el terror y la decepción 

Pero la noche en que los militares lo miraron sin verlo, mientras pensaba en la tensión de los últimos meses, en la miseria de la cárcel, en el pánico de la estación y en el tren cargado de muertos, José Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel Aureliano Buendía no fue más que un farsante o un imbécil. No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo.

2.- Sobre la melancolía 

Estaba envejecida, en los puros huesos, y sus lanceolados ojos de animal carnívoro se habían vuelto tristes y mansos de tanto mirar la lluvia.

3.- Sobre la cultura 

El mundo habrá acabado de joderse –dijo entonces– el día en el que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.

4.- Sobre el paso del tiempo

Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo.

5.- Sobre el recuerdo y la nostalgia

En las noches de invierno, mientras hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de café y las alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuento él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagaran en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tiene caminos de regreso, que toda primavera antigua es irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

6.- Sobre nuestras propias mentiras

De modo que Aureliano y Amaranta Úrsula aceptaron la versión de la canastilla, no porque la creyeran, sino porque los ponía a salvo de sus terrores.

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