Círculos de lectura bajo un olivo

aceituneros de jaén

El paisaje rural siempre ha servido de inspiración a genios de la literatura que gastaron su tinta para retratar la naturaleza que les rodeaba. Muchos de ellos no fueron embelesados por las formas inertes de los parajes, sino que gran parte de la sensibilidad de sus palabras se dirigieron a aquellos que daban vida a esa estampa buscando, precisamente, su propio medio de vida. Así, labriegos, niños yunteros y jornaleras han conformado ese espectro al que poetas como Rafael Alberti, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández y Blas de Otero han dedicado sus versos admirativos. Un ejemplo de ello son los poemas sobre los campos de olivos y sus aceituneros, que tan inspiradores resultaron en la poesía más reivindicativa del pastor de Orihuela, y que escribientes.com ha querido conocer de primera mano durante los últimos coletazos de una campaña tardía.

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En “la aceituna“, el trabajo de las cuadrillas es mecanizado. Su sistema de producción se divide en tareas acompasadas por el ritmo que dicta el manijero, en quien recae la responsabilidad de que tanto el rendimiento como el ánimo de la cuadrilla no decaiga. En la retaguardia suelen estar quienes apañan los montones que el resto de trabajadores han ido preparando para facilitar la recogida de este negro fruto.

El hecho de estar varios jornaleros y jornaleras agachados bajo las mismas olivas durante horas, en medio de ese ejercicio automatizado y repetitivo, permite que se produzcan conversaciones fugaces que interrumpen los largos momentos de silencio en los que cada trabajador se pierde en sus pensamientos o se concentra en la dureza del tiempo y del esfuerzo. A veces ese culto al silencio es violado por una risa, cuando en un momento de evasión a alguien le viene a la cabeza un recuerdo grato. También, en ocasiones, esos silencios son interrumpidos para provocar la sonrisa al compañero de fatigas con un ánimo de rápida combustión: “Venga, que cuando terminemos esta oliva… empezamos otra”, o con algún tipo de lamento, que se formula de la forma más grotesca posible. La blasfemia suele ser de tal calibre que puede causar una carcajada que dura tres viajes desde los montones que recogen con sus espuertas hasta las mantillas donde las vacían. Lo triste y lo cómico de esos intercambios verbales es que son el clímax de conversaciones discontinuas que se rigen por la inercia del ritmo de trabajo: no es raro que uno se marche a vaciar a mitad de conversación mientras otro queda recogiendo su montón de aceitunas quedando la charla aplazada hasta que los dos interlocutores vuelvan a coincidir en montones cercanos bajo una misma oliva.

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Lo curioso, o lo que a cualquiera le costaría imaginarse es que, a menudo, estas conversaciones discontinuas pueden llegar a convertirse en improvisados círculos de lectura bajo un olivo donde se lanzan comentarios del libro que están leyendo. A veces los ánimos dan incluso para vociferar recomendaciones.

Con la cuadrilla que compartimos jornada, entre las mujeres parece que hay una mayor predisposición a hablar de estos hábitos de lectura, mientras los hombres muestran mayor timidez para revelar un libro que les haya marcado. Entre las obras más mentadas por el género femenino durante el tajo abundan los best-sellers como 50 sombras de Grey, de E.L. James; La Catedral del mar, de Ildefonso Falcones; El médico, de Noah Gordon; La ladrona de libros, de Markus Zusack; El código Da Vinci, de Dan Brown, y Los pilares de la tierra, de Ken Follet. Y entre sus ídolos literarios no faltan escritoras de novela romántica y creadoras de sagas como Sherrilyn Kenion (autora de Dueño del deseo), Stephenie Meyer (saga Crepúsculo), Megan Maxwell (Hola, ¿te acuerdas de mi?) y Johanna Lindsey (Esclava del deseo).

En cambio, sus compañeros varones, a los que parece costarles más reconocer que se dejan llevar por las historias que encierran los libros, parecen inclinarse hacia obras de divulgación, como muestrarios de plantas medicinales y setas comestibles, e incluso narrativa relacionada con el ser humano en su estado más primitivo de convivencia con la naturaleza, como la saga Los hijos de la tierra, hexalogía de la escritora Jean Marie Untinen.

Y aunque estos fugaces círculos de lectura también desembocarán en ese silencio imperante, la frase más esperada coronará las últimas horas de la jornada: “Ea, ya queda menos para irnos…”, curiosamente, la misma frase que se pronuncia nada más empezar el tajo.

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“La primavera ha venido
dejando en el olivar
un libro en cada nido”
R. Alberti

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