Consagrados tras un seudónimo

En una profesión que se desarrolla en esa ciclotimia creativa entre ficción y realidad, que bebe de la observación pero también de la imaginación, pocos recursos se prestan al juego literario como lo hace el seudónimo. El cambio de nombre permite explorar los límites del alma creativa, posibilita la invención de un personaje y, con él, de una historia, y deja que los autores fluyan sin prejuicios para comprobar si el talento sobrevive sin el apoyo del marketing. Si hay un autor que elevó a arte la invención de nombres falsos con los que firmar sus obras fue sin duda el poeta portugués Fernando Pessoa, en lo que vino a denominar sus heterónimos: los diferentes nombres con que designaban a sus otros yo. Creó decenas de álter ego literarios (Ricardos Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro fueron algunos de los más populares) a los que dotó de una gran profundidad, tanto es así, que algunos tienen incluso su propia entrada en Wikipedia, en la que se ofrece un detallado análisis biográfico y de sus escritos.

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Los heterónimos de Pessoa interpretados por Luiza Caetano

Los motivos que llevan a un autor a ocultarse bajo la máscara que proporciona una nueva identidad son variados. Si en el caso de Pessoa podemos hablar de una exploración casi filosófica de la propia escritura, muchos otros creadores —amén de las numerosas mujeres que tuvieron que firmar con un alias masculino para que sus obras no fueran rechazadas— han utilizado el seudónimo como una vía de escape, una fuga hacia otros géneros, un portazo a su propio éxito. J. K. Rowling, responsable de la saga de Harry Potter decidió cambiar de registro utilizando a Robert Galbraith, quien, por cierto, ya prepara su tercer libro con el detective Cormoran Strike y su ayudante Robin Ellacott como protagonistas. Aunque la intención inicial de la escritora británica era comprobar su éxito más allá del mago de gafas estilo John Lennon, se acabó filtrando a la prensa quién se escondía detrás del nombre de ese autor novel. Si el chivatazo fue más o menos interesado no importa demasiado, el caso es que funcionó.

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J. K Rowling escribe bajo el seudónimo de Robert Galbraith

No fue la única bestseller que cayó en la tentación del seudónimo: tras el éxito de Carrie, Stephen King utilizó el nombre de Richard Bachman para publicar sus primeras obras hasta que decidió asesinarlo públicamente cuando se descubrió que era él quien se ocultaba bajo este apelativo. Así, en los 90, Bachman publicó su última novela, Posesión, que compartía personajes con la nueva novela de King, Desesperación. Fue en este libro en el que escribió, a modo de despedida la dedicatoria: “Estoy en deuda con el desaparecido Richard Bachman por su ayuda e inspiración. Esta novela no se hubiera escrito sin él”. Una ingeniosa forma de decir adiós a mucho más que un personaje, a una parte de ti mismo.  
En España, entre los autores contemporáneos, también Gonzalo Torné, siguiendo la estela de John Banville —que utiliza el seudónimo de  Benjamin Black para escribir novela negra— ha irrumpido en el género oscuro con Nadie debería irse a dormir (Reservoir Books) tras el nombre de Álvaro Abad. 

Pero, sin duda, uno de los ejemplos más emblemáticos del uso de seudónimo fue el de Romain Gary (cuyo nombre real era Romain Kacew), único escritor que ha ganado el Premio Goncourt dos veces. Aunque sólo se puede obtener este galardón una vez en la vida, tras conseguirlo en 1954 por Las raíces del cielo y harto de los tópicos con los que se juzgaba su obra, decidió crear a Emile Ajar y volver a presentarse al Goncourt 21 años más tarde con La vida por delante. El libro entusiasmó al jurado y se hizo con el premio. Para mantener su doble identidad oculta, Gary pidió a un familiar que se hiciese pasar por el autor revelación. Hubo que esperar a su testamento para descubrir este engaño que conmocionó a Francia.     

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