Conversaciones con mi perro

Andas como yo, buscando ese milímetro de sombra, ese resquicio de oxígeno en el que bañar el ánimo para empaparse de ganas en estos días en los que el inclemente sol del sur hace aflorar la desidia. Sí, yo tengo la ventaja del pantalón corto, de la camisa ligera, lo admito; pero reconoce tú la tuya: no conviertes este achicharramiento en un dilema moral, en un conflicto con tus otros “yo”, los más perezosos y perversos, los que están esperando para hacerse con el control de tu cuerpo, deseando ver cómo el entusiasmo resbala en su propio sudor. Mírate, ahí, tan a gusto, derramado en el suelo fresco del atardecer, con tus bigotes tocando el cielo tras un día infernal. Y yo aquí arriba, revolviéndome en la silla, arrugada sobre el teclado intentando exprimir la inspiración que ya ha emprendido su huida por la dermis, que me ha dejado tiritando y sin palabras al borde de una nueva publicación.

Te llamo, soy cruel. Pronuncio tu nombre para perturbar tu sueño, para que compartas mi inquietud. Y me miras con los ojos curiosos y aún entregados como si el día no se nos hubiese evaporado yermo y seco, como si guardases bajo tu pelo de canela reservas de energía que entregarme sin condiciones. Te veo a los ojos y, sin querer, encuentro a Troylo, y yo me siento un poco Antonio Gala. Rememoro el entusiasmo y la ternura que me despertó ese libro: una recopilación de artículos periodísticos en los que el escritor andaluz utilizaba como interlocutor y confidente a su perro. Te miro y sonrío. Gracias.

Charlas con Troylo (Planeta), una edición de 1998 con prólogo de Andrés Amorós, abandona su hueco en la estantería. Al releerlo se puede comprobar con pasmo que ni el agudo análisis de Gala ni esa España que retrata han envejecido. Ahí siguen los mismos problemas en el mismo frasco. Cambian los nombres. Bailan los protagonistas. Pero sigue vigente la prosa de un escritor reflexionando frente a la veces esquiva mirada de su perro. “Al elegirte como interlocutor, yo elegía un marcado tono de intimidad, personal y doméstico, un voluntario semitono, muy alejado de catilinarias y de jeremiadas. Al elegirte a ti, yo confesaba de modo tácito un previo desconsuelo: quien mejor me iba a oír, quien me iba a comprender, era mi perro, un perro. Renunciaba de antemano a otras escuchas más sutiles y a antenas poderosas. Lo que yo apetecía –y apetezco– era tu modesta atención, el minúsculo auditorio de tu oreja”, así explicaba el autor por qué un cánido se había convertido en su mejor aliado también en el oficio de escritor.

Antonio-Gala y Troylo
El escritor andaluz junto a su perro Troylo

Lo fascinante de la lectura de estos artículos (que, salvando las distancias, nos pueden recordar al estilo de las crónicas costumbristas de Larra) es cómo esa complicidad entre una mascota y su perro, cómo esa relación entre un animal y su dueño, nos hacen más comprensibles y cercanas reflexiones profundas sobre la condición del ser humano. “Si a mí me gusta cambiar impresiones contigo sobre estos asuntos, es porque tú los ves sin esa niebla que la educación, el ambiente y los falsos respetos nos ponen a los demás ante los ojos”, escribe Antonio Gala. Es una constante en sus artículos, la envidia que le produce ese descaro vital, ese cabalgar por la vida con la lengua fuera y con ese alivio de la inconsciencia, de vivir sin saber que para su perro razón y sentimiento son la misma cosa. “Troylo supone el necesario contrapunto material, corporal, a las disquisiciones y las melancolías de su amo”, apunta Amorós en el prólogo, tras comentar que el canino es “el espejo, el confidente, el compañero: también, muchas veces, la revelación instantánea, la permanencia del pasado […] Troylo es un eterno cachorro, como un niño –Peter Pan– que no quisiera crecer. Es una historia común, una fidelidad compartida. Frente al retorcimiento humano, su mirada es ingenua, sin prejuicios”. 

La naturalidad con la que esta relación fue capaz de conectar con el público inspiró con posterioridad otros títulos en los que se sacaba jugo al popular tándem entre cánidos y literatura (Conversaciones con mi perro, Conversaciones de física con mi perro…). Las relaciones entre autores y sus animales de compañía posibilitarían también la edición de Perros, gatos y lémures (Errata Naturae), un libro que reúne a escritores con una pasión común: el amor por sus mascotas. Pura fidelidad.

Perros, gatos y lémures
Portada del libro de Errata Naturae

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