De genios, musas y otros sexismos

“Me disgusta ser una chica porque como tal he de comprender que no puedo ser hombre. En otras palabras, tengo que canalizar mis energías en la dirección y la fuerza de mi compañero. Mi único acto libre es elegir o rechazar a ese compañero”. La que firma esta reflexión es la poeta americana Sylvia Plath, quien ya parecía intuir en sus diarios de juventud cuál sería el dilema existencial que acabaría asfixiándola durante su matrimonio con Ted Hughes: el rol que, al margen del talento, la sociedad le designaba por su sexo. “El caso de Sylvia Plath es increíblemente sintomático, muy extremo, pero a la vez muy representativo de la relación entre hombres y mujeres artistas”, comenta la escritora Laura Freixas (Barcelona, 1958), que este martes impartirá una conferencia sobre la célebre pareja en Caixaforum (Madrid). Para la escritora, las frustraciones domésticas que arrastra la autora de La campana de cristal están indudablemente relacionadas con su trágico suicidio a los 30 años: “Plath se encuentra atrapada porque no puede desarrollarse como genia, porque no tiene apoyo, le falta un pulso, y tampoco se siente cómoda siendo una mujer sometida, por lo que al final se encuentra sin papel”. Aunque en el caso de otras parejas de artistas se podría cuestionar la voluntad de las esposas por ocupar ese ingrato segundo plano (“muchas mujeres se han conformado porque saben que conjugar un primer plano es muy difícil y se sienten cómodas con este rol, más frustrante pero también más sencillo”, asegura la autora), en el caso de Sylvia Plath no fue así, ya que la poeta destila en sus diarios ese miedo al abandono, temor que la acecha por ser una mujer con sueños propios: “Los dos aspiran a lo mismo, a ser autores de referencia, pero ella es la que cocina, la que limpia, la que pasa a máquina los poemas de su marido…. Vive aterrorizada ante la posibilidad de quedarse sola, sin amante. Plath asegura que se tiene que subordinar a un hombre porque tiene necesidades sexuales y la única relación posible con ellos es la que ella tiene con Ted Hughes”, comenta Freixas, que acaba de publicar El silencio de las madres (Aresta), en el que reflexiona sobre el papel de las mujeres en la cultura.

Plath-Hughes
Sylvia Plath junto a su esposo Ted Hughes

Pocas parejas de artistas, escritores e intelectuales parecen librarse del lastre de la desigualdad sexista. Ni siquiera Virginia y Leonard Woolf, a pesar de ser ella la que se ha erigido como un incuestionable referente literario. Freixas apunta que, al contrario de lo que ocurre con las mujeres a la sombra del genio, “Leonard no se dedicó a servirla, no hizo de secretario ni de anfitrión para ella. Eran una pareja bastante igualitaria para la época, pero al final la que gestionaba la casa seguía siendo Virginia”, explica. La escritora catalana y presidenta de la asociación Clásicas y Modernas lamenta que “incluso cuando la realidad es bastante igualitaria, la cultura nos la devuelve convertida en el estereotipo de siempre” y denuncia que en el caso de parejas que se miraban de igual a igual, como los artistas Sonia Terk y Robert Delaunay, ellas acaban apareciendo referidas como un capítulo en la biografía de sus maridos, como si careciesen de categoría intelectual propia.

Prejuicios y estereotipos

Laura Freixas
Laura Freixas acaba de publicar “El silencio de las madres”

La charla sobre el matrimonio Plath-Hughes pondrá el broche de oro al ciclo “Ni ellas musas, ni ellos genios”, con el que se buscaba “cuestionar y desterrar esas categorías tradicionales que nos llevan a analizar el pasado con demasiados prejuicios. Además, se trata de un modelo que no se basa en el mérito ni el talento sino en el rol que te toca al nacer”, explica Freixas. Y es que, para la autora catalana, por poética e inspiradora que resulte, eso de musa le suena a eufemismo: “Es una palabra muy bonita y halagadora para decir en realidad enfermera, secretaria y señora que no tiene un proyecto propio en la vida, sino que dedica a poner su vida al servicio de un hombre”.