Editoriales cartoneras (II): Esperanza en tiempos de crisis

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El libro “El gordo de los Boleros”, de Ramón Díaz Eterovic, editado por Meninas Cartoneras

El acceso a los canales tradicionales suele ser el muro contra el que se desbaratan muchas grandes ideas. Sin embargo, quizá por su cariz social y por la originalidad del producto, las editoriales cartoneras suelen contar con el beneplácito de algunos puntos de venta convencionales. “Somos un proyecto del tiempo que nos toca andar y somos muchos los que estamos en sintonía: autores, librerías, editores, público. Eso ha propiciado que en todos lados estén surgiendo espacios de difusión que están interesados en proyectos como el nuestro. Luego están las ferias, bazares, lecturas de poesía. Hay campo. Quizá lo que falta sea público”, explica Iván Vergara, editor de Ultramarina Cartonera.

Una idea que respalda Pepe Olona, director y coordinador de Arrebato Libros, quien subraya el desconocimiento que existe sobre este tipo de publicaciones: “A la gente le sorprende, no está acostumbrada y preguntan qué son las editoriales cartoneras y en qué consisten”. Más allá de la curiosidad, según Olona, el cliente que finalmente se decide a adquirir un ejemplar suele ser “un público más bien turístico, coleccionistas o gente joven que lo compra para regalar”, explica.

El proyecto social de trasfondo que se vincula a las editoriales cartoneras suele resultar convincente. En Arrebato Libros explican que se decidieron a incluir este tipo de publicaciones en su sección de material independiente porque “nos parece un proyecto original, muy necesario porque es una ayuda para personas que la precisan: niños, personas con discapacidad…”. También Vergara señala que los compradores de libros cartoneros suelen ser personas ávidas de cosas distintas” y, sobre todo, conscientes de que prestan un apoyo “no sólo económico, sino moral”. “Se muestras sorprendidos por el trabajo realizado en cada ejemplar, saben que se llevan consigo algo único y lo valoran: son pequeños compradores de arte. En general, creo que todo el que compra un libro editorial sabe que está apoyando una idea más que un libro y por ello esto no se detiene. Crece sin parar”, comenta el editor de Ultramarina Cartonera.

Con un precio muy variable, que oscila generalmente entre los 5 y 20 euros, los libros cartoneros se han convertido en un soporte idóneo para géneros como la poesía y la narrativa breve, que son los que han tenido una mejor aceptación entre el público. Asimismo, ha sabido atraer tanto a autores noveles como a escritores con obras publicadas en editoriales tradicionales. Autores latinos como Alberto Chimal, Juan Villoro, Armando Vega-Gil y Judith Santopietro, o el español Manuel Moya, entre otros, han apoyado este nuevo formato y se han embarcado en este proyecto independiente.

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No es de extrañar que las editoriales cartoneras se hayan convertido en objeto de estudio académico y en un material que merece una especial protección y conservación. La Biblioteca de la Universidad de Wisconsin-Madison es ya la que posee un mayor fondo de libros de cartón: con cerca de 400 volúmenes procedentes de distintos puntos de América Latina, la colección se ha convertido en uno de los principales atractivos de su novena planta, en la que acogen libros raros.

El fenómeno no deja de ser curioso ya que, en pleno proceso de extinción del soporte papel y con el libro electrónico ganando más adeptos cada día, el cartón irrumpe para reclamar la singularidad y el valor del objeto único, no serializado. “Somos fetichistas, necesitamos palpar las cosas, tener una experiencia física”, asegura Iván Vergara para convencer a los que vaticinan la muerte del libro impreso. ¿Y cree posible que dentro de unos años se podrá elegir entre “tapa dura”, “de bolsillo” y “de cartón”? “Cuando las editoriales grandes se den cuenta del potencial de este material, a pesar del trabajo que implica, no van a dudar en abrir líneas que vayan en esta sintonía, lo cual llevará poco a poco a desaparecer esos feos libros de bolsillo que sería mejor tenerlos solamente en formato digital e imprimir únicamente libros que se hagan para salvarse del fuego, explica Vergara.

A la espera de que el futuro nos resuelva estas dudas, de momento, para un libro el único lugar a salvo de las llamas es la memoria. Que no se nos olvide.

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