“El lápiz del carpintero”: Un animal fantástico en guerra

De todas las facultades distintivas que posee el ser humano, la más exclusiva, que lo diferencia del resto del mundo animal sigue siendo la misma: la imaginación.

Más allá de las leyes de la evolución, de las normas de desarrollo molecular y del ejercitamiento de la destreza, Ortega y Gasset consideró que fue la adquisición de esta propiedad (la de la imaginación) la que nos hizo desmarcarnos del resto de los habitantes de la Tierra. Según el filósofo, los primeros humanos sufrieron una intoxicación provocada por los pantanos infectos en los que vivían y esto les produjo una hiperfunción cerebral que llenó de imágenes y fantasía sus cabezas, convirtiéndonos así en un “animal fantástico”, en una bestia condenada a vivir en dos mundos, “el de dentro y el de fuera”, en un ser inadaptado y desequilibrado, tanto para nuestro bien como para nuestra agonía.car

Lo cierto es que, para bien o para mal, el ser humano ha aprendido a domesticar esas imágenes ilusorias, hasta el punto de usarlas cotidianamente como salvoconducto a otro lugar alejado de la realidad que le rodea. Esta habilidad evasiva está muy presente en la obra de Manuel Rivas El lápiz del carpintero (Alfaguara) que vio la luz en 1998. La novela, ambientada en Galicia durante el desarrollo de la Guerra Civil, muestra sutilmente ese mundo imaginario que tantas veces pudo ser recurrido en las cuatro paredes de una prisión durante el episodio bélico.

Es ese ingrediente onírico, incluso, el que hace más realista el relato enmarcado en uno de los pasajes más trágicos de nuestra historia reciente, una historia perfectamente veraz sobre el amor entre una joven, María Mallo, y un médico republicano, Daniel Da Barca. Un romance marcado por el derramamiento de sangre y el constante seguimiento del guardia Herbal, que no perdona a Da Barca que Maria Mallo se fijase antes en él.

Lo paradójico de la narración es que gran parte la realiza en primera persona Herbal, y el hecho de ir descubriendo la historia a través de la mirada del villano hace inevitable una compresión contradictoria del antihéroe. Una interesante perspectiva que nos hace testigos de la vida y ensoñación de Da Barca y el resto de reclusos, de sones y habaneras con instrumentos imaginados, de charlas entre enamorados que no pueden sino intuirse desde lejos y que prometen regalar saquitos de horas que vende algún que otro feriante, horas de tiempo perdido, o de sesiones de hipnosis, que devuelven la ilusión y la glucosa necesaria para teñir de vitalidad a tantas almas famélicas.

(Fragmento de la adaptación cinematográfica de ‘El lápiz del carpintero’, dirigida por Antón Reixa)

La relación que se establece entre héroe y villano nos desvela cómo a veces la vida puede resultar más cruel que la muerte. “Quien regresa del viaje a la muerte pasaba a formar parte de un orden distinto de la existencia” como si su intención fuese arrastrarlo consigo para que soporte también el peso de su existencia.

Una historia llena de aristas que nos recuerda que hubo días en los que la imaginación no era un mero pasatiempo sino la única herramienta para mantener la cordura y aferrarse a la vida. La única forma de evitar ser fulminado por la memoria del dolor o el “dolor fantasma”, el peor de todos, el mismo que se siente cuando el escozor permanece en un miembro que ya ha sido amputado, el mismo que siente un villano que pierde para siempre a su héroe, el mismo que pudiera sentir un lector que sigue buscando palabras cuando hace ya rato que leyó el punto final.

 

 

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