El marqués de Sade, el Christian Grey del siglo XVIII

Antes, mucho antes de que 125 millones de lectores se rindiesen a los desmanes eróticos del señor Grey, hubo un aristócrata francés que escandalizó a conservadores y revolucionarios con libertinos relatos en los que el vicio acababa pervirtiendo a la virtud. A una semana del lanzamiento del nuevo libro de la saga de E. L. James, que la editorial Penguin Random House sacará a la venta en España y Latinoamérica el día 16 con una tirada inicial de 500.000 ejemplares, hemos querido remontarnos dos siglos para recuperar los relatos del marqués de Sade, un controvertido autor que todavía hoy sigue levantando suspicacias. La comparativa, no exenta de vulgaridad para quienes se hayan acercado a la obra del escritor francés, responde a la necesidad de subrayar que uno de los fenómenos de ventas de nuestros tiempos (se espera que sean uno de los éxitos editoriales del año) tiene un precursor que ha sido demonizado por convertir el dolor ajeno en un placer sexual. Alguien que reafirmaba su conducta con frases como esta:

Imperioso, colérico, impulsivo, exagerado en todo, con un desorden en la imaginación, en lo que atañe a las costumbres, como no hubo semejante; ateo hasta el fanatismo, heme aquí en dos palabras, y algo más todavía: matadme o aceptadme tal cual soy, pues no cambiaré.

Y que, como recoge Simone de Beauvoir en un ensayo sobre el marqués de Sade, al final “prefirieron matarlo. Al comienzo a fuego lento en el tedio de los calabozos y, después, por la calumnia y el olvido”. En la inercia del outsider, del que ha consumido media vida entre la reclusión, la cárcel y el manicomio, el propio escritor se imaginó esa clase de fallecimiento que sólo otorga el olvido:

Una vez cubierta la fosa sembrarán encima de ella bellotas para que después… las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra; me complazco en pensar que mi memoria se borrará también en el espíritu de los hombres…

marqués de Sade

Beauvoir recalca que “el recuerdo de Sade ha sido desfigurado por leyendas estúpidas; su nombre mismo diluido en pesados vocablos: sadismo, sádico. Sus diarios íntimos fueron perdidos, quemados sus manuscritos —los diez volúmenes de sus Jornadas de Florabelle, con la instigación de su propio hijo—, sus libros prohibidos”. Con el tiempo su figura ha salido a flote, como un cadáver molesto, que todos contemplan pero que pocos reclaman. Algunos de sus títulos, Justine o los infortunios de la virtud, Juliette o las prosperidades del vicio, Las 120 jornadas de Sodoma o La filosofía en el tocador, pueden orientar al lector sobre cuán provocativos resultarían en la sociedad francesa del siglo XVIII. Aunque lo verdaderamente interesante del marqués de Sade es que ensalzó en su obra sus propios pecados y los reivindicó para subrayar la hipocresía de una época que él contemplaba como un inadaptado, eso sí, no exento de contradicciones. “El conflicto que ningún individuo puede eludir sin mentirse, se presenta en él en su forma más patética. Aquí reside la paradoja y en cierto modo el triunfo de Sade: en el hecho de que, por haberse obstinado en sus singularidades, nos ayuda a definir el drama humano en su generalidad”, escribe Simone de Beauvoir.

La imaginación le sirvió para liberarse de los grilletes (también de los que imponía la moral ilustrada), y con ella voló a un paraíso de perversiones en el que las bacanales, las orgías y la violencia sexual dejaban de ser excepciones. Pero, a diferencia del magnético Grey, como el propio marqués de Sade aseguraba (o más bien lamentaba): “Concebí todo lo que se puede concebir en ese género, pero no he hecho todo lo que he concebido y no lo realizaré seguramente nunca.” No todos tienen una Anastasia Steele a mano.

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