Isabel Allende, elogio de la vejez. (Reseña de “El amante japonés”)

portada el amante japonesConvivimos mejor con la memoria que con la imagen de un futuro decadente. Preferimos acomodarnos en el recuerdo a viajar por el espinoso sendero de una predicción agorera. Lo demuestra la facilidad con la que se alude al niño que llevamos dentro (y en esto la literatura no es una excepción) y lo poco que reparamos en el anciano que también portamos en nuestro interior, ese que se estremece con el escalofrío del final inevitable, el que nos hace valorar el tiempo y la juventud dilapidada. Arrancar a ese otro yo de las sombras y convertirlo en protagonista es uno de los méritos que podemos atribuirle a El amante japonés (Plaza&Janés), la última novela de Isabel Allende. Con la residencia de ancianos Lark House como escenario, la escritora chilena resquebraja la idea de que la vejez se reduce a ser una lúgubre sala de espera en la que rumiar el pasado llenando su presente de posibilismo, coraje y serenidad.

La novela, que narra la historia de amor entre Alma Belasco, una abuela autoexiliada en la residencia de ancianos, e Ichimei, un jardinero japonés que conoció durante su infancia, retrata con delicadeza y ternura, pero sin caer en compasiones estériles y paralizantes, ese período de despedida progresiva, de desprendimiento, de decadencia física, pero emocionalmente vibrante que es la vejez.

Podría parecer una historia anodina y descafeinada, pero la estructura narrativa y los temas que se desarrollan en paralelo demuestran por qué Isabel Allende sigue siendo una autora que convence al público, incluso en su versión más alejada del realismo mágico que le hizo alcanzar la fama en La casa de los espíritus. En El amante japonés, la Historia, la mayúscula, que la escritora chilena sabe manejar con destreza, vuelve a ser ese runrún de fondo que asalta a los protagonistas y moldea su destino. Las inmersiones en el pasado de Alma nos transportan a la Segunda Guerra Mundial, a la persecución de los judíos y a un episodio poco conocido fuera de los Estados Unidos: los campos de concentración que se organizaron en el interior del país tras el ataque de Pearl Harbor para recluir a los inmigrantes japoneses, que pasaron a ser sujetos sospechosos e indeseables. “El chico tampoco sabía que los japoneses eran más odiados que los alemanes, ni había visto las historietas ilustradas en que los asiáticos aparecían como degenerados y brutales”, recoge la novela.

La emigración, la nostalgia, la inadaptación y la resignación, la lucha de clases, la guerra y sus miserias, el patetismo de la pobreza, las infancias robadas, las pasiones furtivas, el engaño, la humillación, se convierten en algunos de los temas que El amante japonés aborda, conduciendo al lector entre giros y sorpresas que precipitan el relato para mantenerlo enganchado a sus páginas. Aunque el realismo mágico de Isabel Allende se haya transformado en una especie de superstición y sus fantasmas en apariciones más nostálgicas que reveladoras, la escritora chilena sigue resultando infalible en el difícil arte de la seducción narrativa.

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10 frases de “El amante japonés” que te harán pensar en la vejez de otra forma

La gente mayor es la más divertida del mundo. Ha vivido mucho, dice lo que le da la gana y le importa un bledo la opinión ajena.

La edad, por sí sola, no hace a nadie mejor ni más sabio, sólo acentúa lo que cada uno ha sido siempre.

A cualquier edad es preciso un propósito en la vida. Es la mejor cura contra muchos males.

Nadie desea terminar la vida con un pasado banal.

Se avanza paso a paso hacia el final, unos más rápidamente que otros, y por el camino se va perdiendo todo. No se puede llevar nada al otro lado de la muerte.

Ésta es la etapa más frágil y difícil de la vida, más que la infancia, porque empeora con el paso de los días y no tiene más futuro que la muerte.

Si nada me duele, es que amanecí muerta.

Todos nacemos felices. Por el camino se nos ensucia la vida, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante. Ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo.

La verdad es que cuanto más vieja soy, más me gustan mis defectos. La vejez es el mejor momento para ser y hacer lo que a uno le place.

Ella les demostró que la muerte no es un impedimento insalvable para la comunicación entre quienes se aman de verdad.

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