La primera muerte de Miguel Delibes

Miguel Delibes y Ángeles de Castro durante su noviazgo. /Imagen: Fundación Miguel Delibes

Tardaría 27 años en llegar a las librerías, pero el germen de Señora de rojo sobre fondo gris (Ediciones Destino, 1991) ya se había empezado a trazar en su discurso de ingreso en la Real Academia, meses después de la prematura pérdida de su esposa, Ángeles de Castro, en noviembre de 1974. Fue allí donde Miguel Delibes pronunciaría esas palabras que repetiría en decenas de ocasiones a lo largo de su vida, como un triste leitmotiv: “Soy consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo”. 

Desde su arranque, “no ignoro que el recurso de beber para huir es un viejo truco pero ¿conoces alguno más eficaz para escapar de ti mismo?”, el texto encierra decadencia y dolor, sintetiza ese espíritu de derrota  que impregna al narrador de esta historia, un pintor viudo, asfixiado entre binomios: la pérdida y el regreso, la culpa y la redención, los silencios y la confesión… Señora de rojo sobre fondo gris es una extensa carta de amor, una foto deshilada en palabras, un pulso a la agonía y a la frustración. Y, aún más: la nota de suicidio del ego artístico, el áspero llanto del ser ante el inclemente tribunal de los recuerdos, la elegía de un autor que, pese a todo, no olvida su vocación de denuncia y esconde bajo esa mujer que plasma más allá de un lienzo el aquelarre político. Se niega a ser solamente la novela de un viudo abrumado por la pérdida y aspira a retratar una época: también habla del padre que ve crecer a sus hijos en una España todavía marcada por la represión. De hecho, el reencuentro con su hija tras ser encarcelada en plena ebullición del proceso 1001 –en el que se condenó a prisión a la cúpula sindicalista de CCOO–, con el que los viejos gerifaltes temían “que la calle se les fuese de la manos”, marca el inicio de la novela.

Se trata de una obra íntima y, a la vez generacional, en la que también se pueden encontrar reflexiones sobre la propia condición del artista, sobre cómo el genio reconoce sus miserias, sus banales necesidades, y se sorprende a sí mismo transitando por pensamientos infames, tiritando ante el abrumador abismo de la pérdida, que amenaza con llevárselo todo; no sólo un cuerpo, no sólo el amor, también el ingenio y el talento: “Yo callaba, porque no podía decirle que me enfurecía porque ella se estaba muriendo y nunca podría volver a pintar ¿Era, tal vez, esto último el motivo de mi angustia? ¿De quién me compadecía entonces, de ella o de mí?”, escribe.

La idea de castigo también persigue esta obra. El protagonista, un pintor enfangado en su propia desidia, se convierte en el álter ego del escritor, como si Delibes tuviese pudor de reflejarse en la desnudez del relato biográfico y pergeñase una ficción en la que sentirse a salvo y con la que, sin embargo, parece reprenderse a sí mismo. En la novela no es el personaje principal el que retrata a su esposa, es otro, García Elvira, quien pinta la “Señora de rojo sobre fondo gris” que da título al libro. “Fue el éxito de la exposición. Entonces sí, entonces sentí celos del cuadro, de no haberlo sabido pintar yo, de que fuese otro quien la hubiese captado en todo su esplendor”. Confesión que destila los celos y la agonía del esposo y, peor aún,  del artista: que alguien rebase los límites de tu intimidad doméstica para sacar a brochazos la belleza que tus ojos, ciegos, no han sabido plasmar, parece el colmo del desaliento. El lienzo que da título a la novela, por cierto, existe en la vida real y fue pintado por Eduardo García Benito.

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“Señora de rojo sobre fondo gris”, de Eduardo García Benito

El fallecimiento de la esposa no sobreviene como un giro en la trama, es el arranque mismo de la historia, el pasaporte hacia una historia que se sostiene por la infinita ternura y la pasión con la que se describe a Ana –trasunto de Ángeles de Castro–, una mujer vitalista, llena de contradicciones, que se va extinguiendo a la par que Franco y la dictadura. “Es ahora, a cosa pasada, cuando deploro mi mezquindad. Es algo que suele suceder con los muertos: lamentar no haberles dicho a tiempo cuánto los amabas, lo necesarios que te eran. Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

Pese al recato del autor, pese a las escenas cotidianas disimuladas con otros rostros y otros nombres, hay tanta verdad en algunos fragmentos de la novela que es imposible no imaginarse a Delibes abrumado ante la ausencia de ese torbellino existencial al que sentía deberle todo. “Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran simplemente la felicidad”. A pesar de todo, aunque la protagonista de esta novela alumbrase su final con los desordenados versos de Giuseppe Ungaretti, en ella no hay desazón, sino una triste serenidad ante la partida. Al fin y al cabo, como confiesa Ana en la novela tras descubrir que está enferma, “en el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo cuarenta y ocho horas en toda una vida”.