Leonardo Padura, un escritor siempre a prueba

Es difícil rastrear una noticia sobre Leonardo Padura en medios cubanos y no encontrar entre los comentarios de los usuarios algún reproche hacia su supuesta complacencia con el régimen. También es raro dar con una entrevista en la que no se le inquiera sobre la realidad de su país. Más extraño aún es leer algún texto suyo en el que el latido de La Habana y el alma de Cuba, con sus luces y sus sombras, no rujan en sus entrañas. Esa es la condena de Padura y quizá también su mayor virtud. “Parece que voy a pasarme la vida a prueba, como el Challenger”. La frase es de Mauricio, el protagonista de uno de sus relatos, “La puerta de Alcalá”, pero no resulta difícil imaginarse a Padura pronunciándola, más que como un lamento, como una forma de constatar una evidencia.

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El escritor cubano Leonardo Padura

Acaba de ser galardonado con el premio Princesa de Asturias de las Letras porque su obra constituye  “una soberbia aventura del diálogo y la libertad”, tal y como recoge el acta del jurado. Categórica afirmación que más allá de sus libros parece perder firmeza: Padura no es un tipo de opiniones absolutas, de convicciones meridianas, por más que los periodistas se esfuercen en buscarle el verbo crítico y demoledor contra el gobierno castrista, de su boca sólo (¿sólo?) salen palabras sensatas que hablan de un presente sobrado de miserias y de desafíos, pero que no invalida un pasado revolucionario y un sistema en el que no todo han sido negruras. Demasiado benevolente para los disidentes y demasiado molesto para el régimen, la principal “rareza” del autor de La novela de mi vida (Tusquets) “radica fundamentalmente en haber sido capaz de mantener una visión crítica de su país, una descripción sin adornos de la realidad nacional, sin sacrificar la capacidad de ser reconocido por los sectores oficiales”, explica en un artículo del Huffington Post su paisana Yoani Sánchez, galardonada autora del blog Generación Y y una de las voces de denuncia más notables en Cuba. Según la bloguera, Padura “tiene el raro privilegio de ver sus novelas fotocopiadas y distribuidas como ediciones piratas entre sus compatriotas”. Le concedieron el Premio Nacional en Cuba, pero las ediciones de sus libros desaparecen misteriosamente. Es el autor contemporáneo con más trascendencia del país, pero en el Festival de Cine de La Habana censuraron con argumentos de lo más peregrinos la película“Regreso a Ítaca”, basada en uno de sus libros y en la que él fue guionista. Contradicciones y escollos que ha aprendido a asimilar de una forma natural, con la misma serenidad con la que se define como un escritor inseguro, aferrado a esa vida de siempre pero sin poder evitar que las dudas y, sobre todo, el descontento emerjan como una contundente flema que ha aprendido a escupir en todos sus textos, que desbordan talento, ganas, sensibilidad, coherencia.

Padura tiene la nacionalidad española, pero eligió seguir viviendo en La Habana, en su barrio de Mantilla, en la casa que su padre construyó, en eso, sólo eso, apenas un puñado de metros cuadrados: su patria. Ese lugar en el que sentirte a salvo, en el que mascullar la incertidumbre, en el que airear las incógnitas de lo que pudo haber sido, de esa perenne idea de fuga, de esas otras vidas posibles que en Cuba siempre desembocan en la mar.

Pero esa es mi decisión o mi falta de decisión. No obstante, muchas veces me pregunto si todo eso está bien, si es inevitable que viva así. No lo sé, la verdad. Lo jodido es que la vida de uno es un proyecto irrepetible y, si estás equivocado, nunca vas a tener tiempo de arreglar lo que ya pasó”.

Fragmento de “La puerta de Alcalá”

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