Los verdaderos cuentos de Perrault

En uno de nuestros test literarios, ya os propusimos medir cuánto os había influenciado Disney en la dulce versión que hoy en día se conserva de muchos relatos populares. Pero hoy queremos hablaros de los verdaderos cuentos de Charles Perrault, el autor francés que nacía, tal día como hoy, en 1628.

Lo maravilloso de una obra que sobrevive más de tres siglos a su autor es la certeza de haber encontrado un relato universal capaz de conmover más allá de una época, sin embargo, la cara B de este prodigio es que, a menudo, la autoría (y, con ella, el estilo) se diluye ensombrecida por la historia. Y Perrault es el claro ejemplo. Suele reconocérsele el mérito de haber convertido en cuentos imperecederos algunas de las narraciones de la tradición oral francesa, pero, fuera del ámbito académico, pocas veces se habla de sus aportaciones y, mucho menos, del carácter de su narrativa.

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Google dedica hoy su portada a Perrault

Si bien es cierto que Perrault edulcoró algunos escabrosos pasajes de esos relatos populares, también es verdad que los dotó de una estructura, les añadió moraleja y no se olvidó de contarlos con una dosis de humor, ironía y erotismo. Para comprobarlo, os proponemos hacer un recorrido por las curiosidades y diferencias respecto a la versión actual que encierran los Cuentos de Mamá Ganso, (también conocidos como Los cuentos de Mamá Oca o Cuentos del pasado), la obra, publicada en 1697, que recoge su versión de clásicos como Caperucita Roja, La Bella Durmiente, Cenicienta y Pulgarcito, entre otros. Que no te cuenten más cuentos sobre Perrault: así los escribió él:

1.- La bella durmiente de Perrault

Un apuesto príncipe despierta de su largo sueño a la bella princesa con un beso de amor. Se casan. Fin. Hasta aquí las adaptaciones modernas. Pero el cuento original de Perrault poco tiene que ver. Para empezar, no se besan: de sus labios sólo salen frases inconexas y torpes, “pues poca elocuencia es señal de mucho amor”, nos indica el autor. Con bastante guasa, cuando el príncipe la ayuda a levantarse después de haber estado 100 años dormida, lo que piensa es que la chica es muy mona, sí, pero está algo desfasada: “Guardose de decirle que su traza y tocado se parecían a los de su abuela y que la moda del cuello que llevaba había pasado hacía mucho tiempo”. Pese a estas desavenencias estilísticas, se enamoran y se casan. Pero el cuento no acaba ahí: entra en escena la suegra (la madre del príncipe), que es una descendiente de ogros que quiere zamparse a su nuera y a sus dos nietos en cuanto su hijo se va a la guerra.

2.- Caperucita Roja

El cazador no aparece como héroe hasta el siglo XIX, así que os podréis imaginar el final: no hay quien la salve. Se dice que, en la tradición oral, la historia acababa todavía peor y que Caperucita comía carne de su abuelita engañada por el lobo. Perrault esquivó la antropofagia y dejó sutiles pinceladas de erotismo. Para muestra, este pasaje, cuando el cánido ya se había zampado a la anciana y usurpaba su identidad:

Caperucita roja tiró del cordel y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo le dijo, ocultándose debajo de la manta:
-Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa y vente a acostar conmigo.
Caperucita roja lo hizo, se desnudó y se metió en la cama. Grande fue su sorpresa al aspecto de su abuela sin vestidos.

3.- La Cenicienta

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Ilustración original de la Cenicienta de Perrault

Aunque hay relatos que eligen otros materiales, como el oro, en el cuento de Perrault ya aparecían los zapatos de cristal. Lo que más llama la atención es quizá la crueldad con la que se trata en versiones posteriores a las hermanastras de Cenicienta. El autor francés las redime al final del cuento. Para empezar, ambas se quedan tan fascinadas como el príncipe con la aparición de esa misteriosa joven que embelesa a todos los presentes en el baile. Se sienten afortunadas, de hecho, por la amabilidad con la que ella las atiende. Por eso, cuando descubren la verdadera identidad de Cenicienta, “se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por los malos tratos que la habían hecho sufrir. La Cenicienta las levantó y les dijo abrazándolas que con toda su alma las perdonaba, rogándolas que siempre la amasen. Vestida como estaba, lleváronla al palacio del joven príncipe, quien la halló más hermosa que antes y casó con ella a los pocos días”. Cenicienta se llevó a palacio a sus hermanas y les consiguió un par de buenos mozos casaderos. ¡Y todos contentos!

4.- Pulgarcito

Lo esencial del relato se mantiene: dos leñadores pobres se deshacen de sus siete hijos porque no quieren verlos morir de hambre. Los llevan al bosque y los abandonan. El más pequeño y astuto de los críos, Pulgarcito, consigue encontrar el camino de vuelta a casa varias veces. Consigue, además, zafarse de una muerte segura a manos de un ogro, al que le roban las botas de siete leguas con las que conseguirán hacer fortuna. Fin.

Es un cuento especialmente cruel, sobre todo, porque la sensación de abandono y desprotección la provocan los propios padres. Perrault ahonda en la atrocidad que sustenta este relato. Primero, por la forma en la que el padre desprecia a su esposa (arrepentida de haber abandonado a sus hijos) por el tipo de mujer que representa: “[El leñador] gustaba, como tantos otros, de las mujeres que dan un buen consejo a tiempo, pero no de aquellas que pretenden haberlo dado cuando la cosa ya no tiene remedio”. Vamos, que el leñador quería que apechugase y sufriese en silencio, como  los protagonistas del anuncio de Hemoal. Pero, sobre todo, conmueve la violencia con la que describe el momento en el que el ogro y su bondadosa mujer encuentran a sus hijas muertas (porque Pulgarcito había cambiado las coronas de su cabeza por los gorros de sus hermanos y el ogro las confundió con ellos):

[La mujer] Fue al cuarto, donde vio a sus siete hijas degolladas y nadando en un mar de sangre. Ante tal espectáculo cayó sin sentido, y en vista de su tardanza subió el ogro para enterarse de lo que ocurría. Su asombro no fue menor que el de la esposa al encontrarse delante de espectáculo tan horroroso.
-¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?, rugía.

Una escena perturbadora. El resto de cuentos que incluye el libro (algunos añadidos posteriormente) son: Barba Azul, un hombre despreciado por el color de su pelo que se vuelve despiadado; El Gato con Botas, un estafador que acaba asesinando a un ogro bobalicón; Las hadas, un oda a la bondad; Roquete el Copete, un extraño relato que contrapone la virtud de la elocuencia con la belleza; Grisélida, que relata las paranoias de un príncipe misógino hasta la extenuación, Los deseos ridículos, una forma de convencer a las clases más humildes de que es mejor intentar feliz con lo que se tiene; y el Pellejo de asno, un cuento en el que la incestuosa locura de un padre obliga a su hija a mendigar lejos de su reinado. Amenas lecturas que, junto a las moralejas, escritas en verso, constituyen enseñanzas imperecederas (siempre que uno obvie el sexismo que subyace en algunas de ellas: esa es la parte en la que Perrault, después de más de 300 años, se muestra más caduco).

 

2 comentarios sobre “Los verdaderos cuentos de Perrault

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