Manuscritos, esos objetos fetiche

El trazado de las líneas, los renglones firmes o inclinados, los párrafos apretados, la ventilación de los márgenes, la pulcritud de la primera idea o el paisaje de tachones y erratas, las letras redondas o estiradas, sencillas o coquetas… los manuscritos, ricos en detalles, siempre han sido objetos predilectos para el estudio de los literatos. Pero más allá de la torrencial información que se puede escudriñar en ellos, este tipo de documentos poseen también un innegable poder de fascinación: son, al fin y al cabo, lo más cerca que uno puede estar de sus ídolos literarios y adquieren, en este punto, una atracción fetichista. “Un manuscrito, si además es inédito, provoca en el investigador que lo descubre siempre un sentimiento de euforia”, confiesa a escribientes.com Jean-Claude Rabaté, uno de los comisarios de la exposición “Yo Unamuno”, que estará en la Biblioteca Nacional de España hasta el próximo 20 de septiembre.

Unamuno1La muestra, que permite redescubrir al autor de La tía Tula desde una perspectiva más íntima, cuenta con unas cuarenta cartas autógrafas, de las cuales treinta son inéditas. Pero el manuscrito estrella es, sin duda, el poemario Desde Fuerteventura a Paris: “103 sonetos escritos casi exclusivamente en Fuerteventura durante su confinamiento y luego en París durante su autodestierro (1924-1925). Se trata de sonetos seguidos de unos comentarios en prosa muy violentos contra la Monarquía de Alfonso XIII, el general Miguel Primo de Rivera y el general Martinez Anido”, explica Rabaté. En el caso de Unamuno, que, según los expertos, “padecía” una auténtica “epistolomanía”, estos documentos (la mayoría pertenecen a los fondos de la BNE) son imprescindibles para escribir la biografía del escritor y “permiten restituir los contextos que aclaran la vida y la obra de un autor como Unamuno, muy vinculado con la Historia de España durante más de medio siglo”, comenta el comisario.

MSS_23083Pero, ¿ha sido Unamuno un autor que se ha preocupado especialmente por la conservación de sus manuscritos? “Solía conservar las cartas que recibía (en Salamanca se conservan unas 20.000 cartas dirigidas a Unamuno). Y también solía hacer copias de sus ensayos y obras; copias que enviaba a sus amigos para tener su opinión. Más que preocupado por la conservación de sus manuscritos, Unamuno parecía mas preocupado por sobrevivir en el alma de cada lector”, explica Rabaté.

¿Qué exhibir en el futuro?

La vasta documentación manuscrita que se conserva sobre el autor y la perfecta legibilidad de su letra (que no llevaría a engaños como el que suscitó durante décadas la popular “Para Elisa” de Beethoven, que en realidad resultó ser “Para Teresa”) convierten esta exposición en una cita ineludible para acercarse a la figura de este ilustre miembro de la Generación del 98. Y plantea, quizá sin quererlo, un enigma para el futuro: ¿exhibiremos entonces los discos duros y las memorias digitales de nuestros escritores en los museos? Quién sabe, “son dos universos distintos, a lo mejor complementarios”, plantea Rabaté.

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