Reivindicación de (las otras) Rosalía de Castro

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Si bien garantiza la perpetuidad, convertirse en mito plantea un riesgo pocas veces aludido: las aristas se recortan, la biografía se comprime y se entierra bajo una máscara sencilla y reconocible. Se eterniza la pose y acabas transformándote en un lugar común, en un souvenir del pasado, en una bandera olvidada en el balcón. Lamentablemente, hay mucho de esto en Rosalía de Castro. Por más que haya calles con su nombre, estatuas con su rostro, centros educativos que la homenajeen, por fácil que resulte encontrar a gallegos que recuerden versos de su obra, que exhalen la nostalgia con un “adiós ríos, adiós fontes”, que enfrasquen los miedos en la “negra sombra” o que se pongan reivindicativos recitando eso de “Castellanos de Castilla, tratade ben ós galegos”, ¿cuál es la imagen que conservamos hoy de Rosalía de Castro?

La que se enseña en las escuelas (donde sigue estudiándose como una figura clave del Rexurdimento gallego) y la que se ha popularizado a través de la música, especialmente la de Amancio Prada, quien puso sus poemas en los labios de toda una generación. Al final ha sobrevivido en la memoria colectiva como la poetisa del dolor, como una madre desgarrada y una esposa abnegada, como una mujer triste, eternamente melancólica y frágil. Pero, ¿qué hay de las otras Rosalías? ¿De las que poco se han hablado fuera del ámbito académico, de las que resquebrajan esa imagen popular? En el 130 aniversario de su fallecimiento, en Escribientes.com queremos reivindicar a (las otras) Rosalía de Castro: la irónica, la feminista, la intelectual, la que era capaz de reprochar a su marido que no estuviese nunca en casa y de burlar a los críticos y a los literatos de su época a base de sarcasmo. La Rosalía que en una carta ficticia entre dos amigas, disuadía a las féminas, con retranca, de querer dedicarse a eso de escribir, algo que, además, las convertía en esposas desastrosas:

Amiga mía, tú no sabes lo que es ser escritora. Serlo como Jorge Sand vale algo; pero de otro modo, ¡qué continuo tormento!; por la calle te señalan constantemente, y no para bien, y en todas partes murmuran de ti. Si vas a la tertulia y hablas de algo de lo que sabes, si te expresas siquiera en un lenguaje algo correcto, te llaman bachillera, dicen que te escuchas a ti misma, que lo quieres saber todo. Si guardas una prudente reserva, ¡qué fatua!, ¡qué orgullosa!; te desdeñas de hablar como no sea con literatos. Si te haces modesta y por no entrar en vanas disputas dejas pasar desapercibidas las cuestiones con que te provocan, ¿en dónde está tu talento?; ni siquiera sabes entretener a la gente con una amena conversación. (…) Las mujeres ponen en relieve hasta el más escondido de tus defectos y los hombres no cesan de decirte siempre que pueden que una mujer de talento es una verdadera calamidad, que vale más casarse con la burra de Balaam, y que sólo una tonta puede hacer la felicidad de un mortal varón.

[Fragmento de Las literatas. Carta a Eduarda, de Rosalía de Castro]

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Además de su lado más combativo, tampoco conocemos mucho de ese aspecto más íntimo de Rosalía de Castro, ya que Manuel Murguía, viudo y al frente del legado de la escritora, se encargó de armar una imagen más dócil de su mujer que la que podemos intuir en los pocos escritos íntimos que se conservan de ella, como este, lleno de maledicencia, en el que reprende a su marido:

Estando lejos de ti vuelvo a recobrar fácilmente la aspereza de mi carácter que tú templas admirablemente, y eso que a veces me haces rabiar, como sucede cuando te da por estar fuera de casa desde que amanece hasta que te vas a la cama, lo mismo que si en tu casa te mortificasen con cilicios.

Como recoge Marina Mayoral Díaz en el artículo “Sobre el amor en Rosalía de Castro y sobre la destrucción de ciertas cartas”el propio Murguía admitía haber destruido gran parte de las misivas, aduciendo motivos más o menos peregrinos: “Siempre he creído que entrar la ajena curiosidad en los secretos de la vida de las que honraron su país con sus obras bajo el pretexto de conocer la vida interior de los infortunados, es casi un pecado mortal. ¿Para qué se necesita saber lo que debe callarse cuando ni se relaciona ni importa con su obra?”. 

Aunque pocas veces se hace alusión a este aspecto de su vida porque las intimidades de Rosalía de Castro quedaron sepultadas en el revisionismo político de su figura, parece claro que sufrió en su matrimonio no sólo por las discrepancias que podían afectar a la pareja, también por sus aspiraciones literarias y el continuo cuestionamiento que vivía en los cenáculos literarios. Al menos, volviendo a usar la ficción como licencia biográfica, así se puede desprender de este otro fragmento de Carta a Eduarda:

Por lo que a mí respecta, se dice muy corrientemente que mi marido trabaja sin cesar para hacerme inmortal. Versos, prosa, bueno o malo, todo es suyo; pero, sobre todo, lo que les parece menos malo y no hay principiante de poeta ni hombre sesudo que no lo afirme. ¡De tal modo le cargan pecados que no ha cometido! Enfadosa preocupación, penosa tarea, por cierto, la de mi marido que costándole aún trabajo escribir para sí (porque la mayor parte de los poetas son perezosos), tiene que hacer además los libros de su mujer, sin duda con el objeto de que digan que tiene una esposa poetisa (esta palabra ya llegó a hacerme daño) o novelista, es decir, lo peor que puede ser hoy una mujer.

Más allá de sus versos al desamor, de sus penas y saudades, existía también una Rosalía de Castro subversiva, autónoma, libre, que siempre se sintió frustrada y señalada: primero, por ser hija de un cura, y segundo, por ser una mujer con sensibilidad poética intentando hacerse un hueco en un mundo de hombres. Pese a que se hayan perdido casi todos sus documentos personales, sólo hay que asomarse a su obra para conocer a otra Rosalía, que añade profundidad y pasión a su imagen icónica de poetisa galleguista y sufridora. En Lieders, uno de sus textos más feministas, podemos dejarnos atrapar por la Rosalía de Castro más brava y díscola:

Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud.

Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas; como los árboles en el desierto y el pirata en la mar.

Libre es mi corazón, libre mi alma, y libre mi pensamiento, que se alza hasta el cielo y desciende hasta la tierra, sobervio como el Luzbel y dulce como una esperanza.

Cuando los señores de la tierra me amenazan con una mirada, o quieren marcar mi frente con una mancha de oprobio, yo me río como ellos se ríen y hago, en apariencia, mi iniquidad más grande que su iniquidad. En el fondo, no obstante, mi corazón es bueno; pero no acato los mandatos de mis iguales y creo que su hechura es igual a mi hechura, y que su carne es igual a mi carne.

[Fragmento de Lieders, de Rosalía de Castro]

2 comentarios sobre “Reivindicación de (las otras) Rosalía de Castro

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