Un quiebro a la rutina (#reseña de “El lector del tren de las 6.27”)

portada_el-lector-del-tren-de-las-627_adolfo-garcia-ortega_201505261223Bostezos que se cruzan, pasos precipitados, miradas alicaídas, lecturas socorridas, cabezadas programadas entre estación y estación y el sonido hueco de esas voces que materializan la conciencia del automatismo en el que nos movemos cada mañana. La misma escena en cualquier ciudad un día de semana. Las mismas ganas de hacer un quiebro a la rutina. Las mismas emociones en diferente idioma. Ahí se encuentra el gran acierto de Jean-Paul Didierlaurent y El lector del tren de las 6.27 (Seix Barral): convertir el papel en espejo, contar una historia que podría ser la de cualquiera. Porque sí, al margen de un “nombre gilipollesco”, el protagonista de su novela, Guibrando Viñol, no tiene nada de especial, pertenece al grueso de los comunes, se mueve en la escala de los grises sin extremos que le otorguen esa deseada particularidad que facilita el anclaje en la memoria de los otros.

Y ahí está la paradoja (visible al pie de cualquier andén): un tipo semitransparente, sin apenas vida, que se dedica a insuflar oxígeno, una voz, a páginas mutiladas de libros despreciados. Ese es el hobby del señor Viñol: leer en alto hojas sueltas mientras viaja en el cercanías de camino a su abominable trabajo, distraer las arcadas de la rutina llenándose la boca de palabras, darle la espalda, por un instante, a la insatisfacción y a la desidia. Un superviviente. Un tú, un yo. Un héroe. Es por eso por lo que El lector del tren de las 6.27 se convierte, no sólo de manera literal, sino también en sentido figurado, en muchos libros dentro de otro libro. En un amasijo de palabras que se engullen, que se eruptan, que estorban al pesado sueño del conformismo.

Y en esa aparente trivialidad, en esa normalidad de las cosas, los personajes descubren su lado más pintoresco y sus anhelos y manías disparatadas. Secundarios llenos de riqueza que desenmarañan su sabiduría, fraguada al calor de la costumbre, para centrar a los protagonistas y despertar la sonrisa cómplice del lector. En esta novela, la primera de Jean-Paul Didierlaurent, el autor juega a presentarnos una historia convencional, que se finge predecible, para alumbrarnos con toques de humor negro, fantasía, originalidad e ironía.

Mención aparte merecen los llamados tialogismos” de la obra: fabulosas muestras de ingenio que el autor atribuye a la tía de la protagonista, limpiadora en unos lavabos de unos grandes almacenes, quien desparrama lucidez con esa filosofía vital tejida con las agujas de la experiencia: “Se puede esperar todo de los estreñidos, incluso nada. Son a los lavabos lo que los mudos a la canción, y viceversa.” Y es ahí, ahondando en lo escatológico, cuando Didierlaurent vuelve a echarnos el guante. No sólo porque las necesidades de nuestro aparato excretor igualan a los seres humanos tanto como la muerte, sino porque descubrimos entre el vaho de flatulencias e intimidades aireadas que todavía nos divierte todo eso que puede suceder sobre la fría boca de un váter. Lo que demuestra que, por fortuna, el niño que llevamos dentro todavía tiene latido.

Pero El lector del tren de las 6.27 es, sobre todo, un homenaje a los libros, a la expresión escrita, a las alas que nos cose a la espalda para volar sobre nuestras vidas, a la facilidad con la que sus palabras nos separan del aliento mañanero de la rutina. El texto de Didierlaurent nos demuestra que la literatura, las historias de los otros, todavía pueden remendar destinos, rescatar vidas de la desidia. Es una de esas novelas que nos reafirman fácilmente en el amor a los libros, porque nos resulta tan sencillo reflejarnos en las derrotas de sus protagonistas, como llenarnos de la esperanza en esas otras vidas posibles. Nos convence de que puede suceder algo más en ese vagón cargado de resignación. Es, sencillamente, una agradable novela.

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“El lector del tren de las 6.27” es la primera novela de Jean-Paul Didierlaurent

6 citas de El lector del tren de las 6.27 para (re)pensar en la rutina

“Lunes. No había visto pasar el domingo. Levantado demasiado tarde, acostado demasiado pronto. Un día sin. Sin ganas, sin hambre, sin sed, sin un recuerdo siquiera.” 

“La gente no espera en general más que una cosa de ti: que les devuelvas la imagen de lo que ellos quieren que tú seas.” 

“Esos días no tienen el mismo sabor. Cuando no está ella, hay algo indefinible que falta, como una especia olvidada en la elaboración de un guiso. No me gustan los martes.” 

“[Tenía] La creencia ingenua de que la rutina acabaría por arreglarlo todo. Que invadiría su existencia como una niebla de otoño y le anestesiaría los pensamientos.”

“Así actúa la muerte, pensó, a veces le bastaba con poner una banderilla y seguir luego con otras ocupaciones. Estaba seguro de que la muy cabrona no tardaría en rematar lo que había empezado.” 

“Nada es inamovible en la vida. Incluso un numero tan feo como el 14.717 puede convertirse un día en una hermosa cifra.” 

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