#reseña: “La lección de anatomía”

cubierta-de-la-leccic3b3n-de-anatomia1Quizá sólo sea un planteamiento equivocado, un error convertido en costumbre a fuerza de repetición, o una simple paradoja del homo sapiens sapiens, pero qué absurdo resulta enseñarle a los niños a aprenderse las horas y no instruirles en lo más importante: a saber gestionar el tiempo. Parar el reloj, jugar con sus manecillas, saltarse las alarmas, escurrirse por la linealidad de ese péndulo ensismismado en su vaivén, es lo que nos propone Marta Sanz en su maravillosa La lección de anatomía (Anagrama). Un relato impúdico, procaz, que reposa con comodidad en el abrazo de la biografía y la novela para reivindicar el derecho a detener el tiempo, a arrancra hojas del cuaderno de exigencias, y, sobre todo, el derecho a narrarnos.

La calidad y precisión narrativa de Marta Sanz convierten este desnudo literario en una orgía sensitiva, llena de ironía, humor, ternura y reflexión. Pero es la mirada de la autora, despojada de la circunspección con la que se tiende a echar la vista atrás, la que libera a este relato del espeso manto de la nostalgia, y lo vuelve ágil y penetrante y tan puro que la obscenidad no necesita ser amortiguada en escorzo.

Sanz convierte La lección de anatomía, la exhibición de cada fibra (de todo lo importante: lo que discurre bajo la epidermis) en un espectáculo público, como el cuadro de Rembrandt. Pero en lo que demuestra su mayor destreza narrativa es consiguiendo que el yo y el tú se traspapelen, que narcisismo y antropología se confundan, y que autor y lector confluyan en ese juego de máscaras, en este híbrido que obsorbe de la novela el magnetismo de sus personajes y que se aprovecha del género biográfico para engatusarnos con su apariencia de realidad.

S11  ARQUIVO  24-06-2010   ECONOMIA   Pintura Lição de Anatomia, de Rembrandt  FOTO REPRODUCAO
El cuadro de Rembrandt al que alude el título de la novela

Traza círculos concéntricos que nos desvían, dibuja circunvalaciones y secundarias, nos arrastra, nos engaña señalándonos un desvío, la salida en la que aliviar el flato del ayer, la densidad de la memoria de otros tiempos, y cuando nos queremos dar cuenta estamos en la M-30 otra vez, dando vueltas, reconociendo el tanatorio de los recuerdos, aquella frase que se nos encalló como un mantra entre los hemisferios, aquella escena que al final sentimos nuestra. La lección de anatomía es, al fin y al cabo, un recorrido por sentimientos colectivos que nacen del personalísimo autoretrato de una escritora brillante.

5 escenas para prestar atención en La lección de anatomía

“El lugar sobrevalorado de la infancia se nos come el presente, con sus revelaciones y sus obscenidades, con su avaricia por apropiarse de imágenes y palabras, con su autoritarismo y su debilidad. Es inevitable: en la infancia se ubican muchas de las primeras veces”.

“Corina tenía un aspecto sano, pero salía, agarrada de la mano de mi madre, de la sala de rehabilitación. Mi madre, cuando íbamos a recogerla, no soltaba a Corina inmediatamente y corría hasta mí. Mi madre siempre ha debido de creer que yo era muy madura. Corina no se despega de mi madre y, cuando se percata de mi presencia, me mira de reojo y se agarra más fuerte y se pone mimosa. […]
–Esta tarde, mientras trataba a Corina…
Entonces, mi madre interrumpe su discurso: me ha mirado. Le entra la risa floja. Existe un desacuerdo entre su sentido del humor y el mío”.

“El cariñoso entorno en el que mi madre tuvo la suerte de crecer, gente que acude a misa vestida de domingo y que lleva una vida recta como el filo de una navaja, gente con todas las virtudes menos la de la elasticidad”.

“A los nueve años gustarse veinticuatro horas es una eternidad, lo que Errol no sabe es que yo, desde que tengo uso de razón, soy una mujer sentimentalmente obsesiva. A los doce años bailo un lento con Errol en la mitad de la pista de una discoteca, justo el día antes de volver a Madrid después de las vacaciones. Al día siguiente, mando diez cartas urgentes –me gasto una fortuna en sellos– para que mi amiga Juani le comunique a Errol mi amor absoluto desde los cuatro años.”

“Quizá mis ficciones partían de la intuición, que no de la vivencia, de que a las mujeres siempre se les había golpeado y de que los golpes aterrizan silenciosamente en la boca, en las costillas y en los espacios vacíos del cuerpo. Era ésa una sabiduría profunda que no se enuncia en los programas escolares, pero que anida en el occipucio de las hembras de la especie desde el principio de los tiempos. Una sabiduría que no se limpia, aunque los occipucios se laven con amoniaco.”

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Marta Sanz, la autora de “La lección de anatomía”

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