#reseña: Lo que a nadie le importa

portada lo que a nadie le importaHay libros que son como aquellos sobres sorpresa de los años 80: una forma de jugársela, de vibrar con la incertidumbre mientras averiguabas si la fortuna te sonreía o te convertía en un inversor frustrado, en un precoz corredor de bolsa que contemplaba cómo una moneda de 100 pesetas podía devaluarse en un abrir y cerrar de ojos. Por fortuna hay lecturas seguras, apuestas rentables, como esas regalices de precio fijo que te garantizaban el chute de azúcar estandarizado. No resulta sencillo que los libros alcancen esta categoría, pero los textos de Sergio del Molino acostumbran a conseguirlo: son golosinas que nunca defraudan. Lo que a nadie le importa (Random House) no es una excepción y confirma a este escritor como una de las plumas más sólidas de nuestra literatura contemporánea, además de un exquisito autor de lo biográfico.

El texto, vertebrado en torno a la sibilina figura de su abuelo, ex combatiente en la Batalla del Ebro, acaba convirtiéndose en una preciosa reflexión sobre los tachones de la memoria familiar, los hilos de silencio que cosieron el pasado de toda una generación y la importancia de explorar las raíces y las divergencias entre la Historia mayúscula y nuestra propia historia, a menudo escrita en una pomposa caligrafía que apenas consigue eclipsar las faltas de ortografía y las intrigas que se ocultan bajo los puntos de las íes. Impresionado por las diez palabras que su abuelo suelta a su mujer en su lecho de muerte (“De ti no quiero ni que me cierres los ojos” –según del Molino, “la mejor frase que he escrito en un libro”–), el autor nos embarca en un viaje de exploración a través del tiempo y la geografía. Fascina su consistencia narrativa, la absoluta honestidad con la que se adhiere a los personajes, la facilidad con la que nada en sus pozos y acaricia sus perímetros, y la naturalidad con la que plasma todas sus dimensiones en apenas cuatro retazos.

Sergio del Molino es un observador nato. Agudo, perspicaz. Esta podría haberse convertido en una historia más de silencios guerracivilistas, de vencidos y vencedores, de memorias enterradas… Pero es la narración que paladeamos en Lo que a nadie le importa lo que le confiere su particularidad. Es la voz del autor la que nos integra y nos hace disfrutar de un retrato familiar adusto, de ese piso de Embajadores decadente, de ese árbol genealógico lleno de ramas secas, salpicado de fantasía y mística rural, de ese realismo mágico que permite envolver la desgracia en papel de regalo.
No menos importante es la capacidad con la que el autor se acerca a La crónica sentimental de España y cómo sabe calibrar su prosa poética entre la alta literatura y el folclore. Al igual que en otras de sus obras, porque ya se ha convertido en un rasgo distintivo del autor, las referencias artísticas (literarias, musicales y pictóricas) se insertan en la narración con la misma naturalidad con la que sonarían pedantes en otros. No sólo no se aprecian como alusiones artificiosas, sino que se sienten imprescindibles: sus personajes las piden a gritos.
“Fue en el MoMa donde descubrí que Hopper había pintado el silencio de mi abuelo. El mismo silencio de posguerra. El mundo de Juan Gris era ruidoso, lleno de letras y pegamento, filarmónico y alcóholico, parisino, escotado. Mi abuelo no habría entendido los vértices cubistas de Gris, pero se habría sentado con la espalda recta en el porche de cualquier casa hopperiana”

[Fragmento de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino]

hopper
“Carretera de cuatro carriles”, de Edward Hopper.

Lo que a nadie le importa fascina por cómo nos cuenta a todos mientras se cuenta a sí mismo. Del Molino es un gran narrador, pero quizá y ante todo, es un gran pensador, capaz de embaucarnos gracias a su forma de escribir y buscar la belleza a ras del suelo y no en miradores ni atalayas. Lo que a nadie le importa es un maravilloso silencio que se ha llenado de palabras, un fascinante relato rastreado en “los márgenes de los libros de texto, en la parte medio dicha de las conversaciones y en las frases interrumpidas con carraspeos”, donde el autor encontraba siempre a su abuelo.

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