#Reseña: “Memorias de un niño campesino”

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La portada de la primera edición de la novela contó con una ilustración de Luis Seoane

Cualquier gallego dado a la morriña sabe que la palabra encierra más acepciones que la que se refiere a la melancolía por la tierra natal: se trata de un tipo de tristeza sui géneris, que se alimenta principalmente del recuerdo; no sólo de lugares, sino del tiempo vencido. Las redes de empatía en la que te atrapa Memorias de un niño campesino (Memorias dun neno labrego, en su versión original) se hilvanan sobre este sentimiento con denominación de origen.

La novela, escrita por Xosé Neira Vilas y publicada en Buenos Aires en 1961, narra en primera persona la historia de Balbino, “un chico de aldea. Como quien dice, un nadie. Y, además, pobre”Tras el fallecimiento de su autor el pasado viernes, resulta inevitable recuperar esta enternecedora historia, esta novela de iniciación llena de denuncia, que se convirtió en el mayor “best-seller” gallego de todos los tiempos: traducida a varios idiomas, en 2009 se habían impreso 35 ediciones del libro y se habían vendido más de 600.000 ejemplares. Un hito difícil de superar en el, desgraciadamente, estrecho margen comercial en el que por lo general se mueve la literatura contemporánea en las lenguas cooficiales españolas.

La voz de Balbino, considerada por muchos un trasunto ficcionado de la del propio Neira Vilas, se convierte en un atroz escaparate de las injusticias y la miseria que rodeaba la vida rural gallega de los años 40. El protagonista se lamenta asfixiado en un mundo que no comprende, rodeado de adultos sometidos y llenos de supersticiones. Memorias de un niño campesino conjuga la novela de iniciación con la reivindicación social: Balbino es un niño molesto porque ha decidido vaciar esa alforja de preguntas con la que cree que todos nacemos, de modo que no sólo se cuestiona a sí mismo, también comienza a poner en duda todo lo que le rodea.

Es sencillo explicar el éxito de Memorias de un niño campesino si se tiene en cuenta que mezcla temáticas universales (el caciquismo, la pobreza, la inmigración) con el regionalismo. Como señala Xesús Alonso Montero en el prólogo de la vigésima edición de esta novela, Memorias dun neno labrego fue “una ‘revolucionaria’ revelación” porque, a través de ella, muchas personas descubrieron que “con dos realidades desestimadas –la lengua gallega y la aldea– podía construirse un relato que generaba en los lectores, además de emoción, una clara conciencia de dignidad”. Quizá este aspecto puramente emotivo, de fácil identificación para esa generación de posguerra que se crió en zonas rurales de toda España, explique por qué se ha convertido en el relato gallego más leído de todos los tiempos.

La narración de Balbino, que transita entre la inocencia y candidez infantiles y la profundidad emotiva del adulto envejecido en sus propias reflexiones, nos desmiga, capítulo a capítulo, esa vida rural llena de personajes dispares que alimentan sus frustraciones, pero también su curiosidad. La familia, la amistad, el primer amor y la muerte van tomando forma ante nuestros ojos con una sencilla prosa no exenta de calado. No se trata de una novela de posguerra cargada de belicismo: no hay alusiones a bandos ni a trincheras y la conciencia de izquierdas que se percibe en Balbino emana de la incomprensión de ese mundo en el que existen personas de distintas categorías y niños que pasan hambre. Memorias de un niño campesino es un texto necesario para hostigar la memoria adormecida, pero, sobre todo, es una novela para comprender que, pese a todo, podemos ser dueños de nuestro propio destino.

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El protagonista, Balbino, en una ilustración de Díaz Pardo

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