#reseña: “Primera memoria”

primera memoriaNingún camino hacia la edad adulta se construye sin una dosis de tristeza, resignación, desprecio y rebeldía. Más aún si se vive en una isla indeterminada, con los ecos de la Guerra Civil rugiendo más allá del mar. Es el planteamiento en el que Ana María Matute nos coloca en Primera memoria (Destino), novela de iniciación con la que obtuvo el Premio Nadal en 1959 y que constituye el arranque de su alabada trilogía Los mercaderes 

El libro nos sumerge en la narración de una Matia adulta que recuerda aquel año 36 en casa de su abuela, junto a su primo Borja y su amigo Manuel. No obstante, la lectura nos presenta un mundo lleno de sombras que apenas podemos entrever a través del velo de inocencia que la protagonista se empeña en mantener frente a los ojos. Resulta enternecedora su voz empapada de emociones desbordantes, de una pureza que sólo se puede sentir cuando un niño entiende que ya no podrá volver a Nunca Jamás.

Una madre fallecida y que, ante todo, es un ser desconocido para ella; un padre ausente, despreciado por haber elegido el bando equivocado para la tradicional conciencia de clase de una abuela severa y rígida que se empeña en recordar a Matia que la belleza es el único poder que poseen las niñas sin dinero, dan nombre a las capitales del atlas de dudas de esa niña que se resiste a tapiar su ventana con vistas a la infancia.  Y quizá ése sea uno de los grandes aciertos de Primera memoria.

Matia no es más que una niña caminando entre chiquillos que juegan a ser hombres, una niña “odiando ser mujer”. Es una audaz observadora que no quiere contemplar la realidad descarnada, ni entender ese mundo de adultos derrotados, vencidos por la espera, la incertidumbre, el silencio y la traición. Atrapada entre esos dos universos, el que quiere dejar algún día, pero al que aún se aferra, y el que llegará pero se le antoja demasiado lejano, Matia es una niña en guerra consigo misma, que desea que la muerte sólo sea una “patraña” más de los mayores.

Y en medio de toda esa confusión, la libertad es una barca flotando sobre el mar, la libertad son sorbos furtivos de alcohol y caladas en la madrugada. Primera memoria es una cálida novela que nos recuerda que la curiosidad es una forma de subversión y el verdadero patrimonio de la niñez. El carácter de ese grupo de niños comienza a supurar a través de la costra de imposiciones con la que los barnizan. Y disfrutas con ellos y te apiadas de ellos, de sus penas y sus errores. Porque, en realidad, ningún adulto olvida cuál es el camino de regreso a Nunca Jamás. 

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5 frases para saborear Primera memoria

 

“Parecía muy distante su infancia, su juventud, hasta la vida misma. Y no habría cumplido, seguramente, los 16 años”

“La guerra –me dije–, ¿qué cosa será verdaderamente la guerra? Estaba todo tan quieto”

“¿Cómo es posible sentir tanto dolor a los 14 años? Era un dolor sin gastar”

“Qué extranjera raza la de los adultos, la de los hombres y las mujeres. Qué extranjeros y absurdos nosotros. Qué fuera del mundo y hasta del tiempo. Ya no éramos niños. De pronto ya no sabíamos lo que éramos”

“Era inútil decirle que no nos encontrábamos de una forma determinada, explicarle (y tampoco hubiera sabido), cómo íbamos el uno al otro sin saberlo ni pensarlo” 

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