#reseña: “Viento del pueblo”, de Miguel Hernández

mh_viento_pueblo_600Hay tormentas disfrazadas de viento y alaridos imposibles de disimular aunque adquieran forma de verso. Revolver la rabia en la métrica de un poema puede convertirse en un ejercicio suicida para el escritor impostado, un peligro que la autenticidad de Miguel Hernández logró salvar en Viento del pueblo (1937), uno de sus poemarios más comprometidos y el que inaugura su etapa bélica.

Las elegías a Lorca y al cubano Pablo de la Torriente, los poemas dedicados a la Pasionaria y a Rosario Sánchez Mora, se funden con los protagonistas anónimos de “Vientos del pueblo me llevan”, “El niño yuntero” y “Aceituneros”, entre otros. Nombres propios y colectivos dan forma a cada reivindicación del poeta y agitan su pluma furiosa. En este libro, la amenaza abstracta, etérea, de El rayo que no cesa se convierte en una emoción tangible, la tristeza no sólo se siente, también se toca, y los muertos se le acumulan al final de cada rima. De las tribulaciones íntimas que sustentan la que se considera su obra cumbre, evoluciona hacia lo social en Viento del pueblo y el “nosotros” le vuelve gruesa la voz.

El romanticismo petrarquiano sucumbe ante el angustioso presente del hombre comprometido con su tiempo. Se permite adquirir por momentos un tono hosco y escatológico, como el que exhibe en “Los cobardes”:

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

El pastor de Orihuela se adhiere de forma natural con la tierra, símbolo del esfuerzo de sus gentes, y contempla en los jornaleros y obreros, rebaños de injusticia, amarrados bajo el yugo inclemente de los poderosos. Es quizá en “Canción del esposo soldado” donde se enlazan con virtuosismo sus etapas existencialista y social, el romanticismo y su lado combativo, fundiéndose en una belleza salvaje:

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Viento del pueblo es un magnífico poemario lleno de reivindicación y rabia, la misma que poco tiempo después se solidificará en frustración y derrota, para conocer al Miguel Hernández más social, el que se intuía ya en versos de El rayo que no cesa: “Como el toro me crezco en el castigo/ la lengua en el corazón tengo bañada”, al que le “duele el aliento” también por su país. Viento del pueblo es un aullido elevado a arte y una bofetada de Historia y compromiso.

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