Vicente Aleixandre a Miguel Hernández: cartas inéditas

portada de nobel a novelSe puede conocer al poeta oteando algo más que versos, se puede profundizar en su figura obviando métricas y rimas, salvando los prejuicios que, demasiadas veces, convierten a este género en una lectura intimidatoria y frustrante. Un buen ejemplo de ello es De Nobel a novel. Epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa (Espasa), una recopilación crítica de cartas nunca publicadas en la que se incluyen, además, interesantes comentarios y anotaciones, así como unas fabulosas notas preliminares a cargo de Jesucristo Riquelme, que contextualizan a los curiosos que se asoman a estas páginas en la obra y la relación de estos dos poetas, así como en los vínculos, a veces incluso tensos, que se establecieron en ese heterogéneo grupo de talentos (y los satélites que les rondaban) que vinieron a conformar la Generación del 27.

Se trata pues, de un estupendo ejemplar para conocer de cerca a ambos autores y la profunda amistad –fraternal, tal y como los propios protagonistas la calificaban– que uniría a sus dos familias incluso después de la prematura muerte de Miguel Hernández. En total, De Nobel a novel reúne 309 cartas estructuradas en tres bloques: las que Aleixandre envía al poeta de Orihuela (26), las que envía a su esposa, Josefina Manresa, mientras éste se encuentra en prisión (21) y las que le escribe ya como viuda (261). Una comunicación epistolar en la que se puede observar cómo el poeta sevillano adopta un tono diferente, siempre manteniendo su exquisita educación y su trato agradable, dependiendo de quién es su interlocutor. Así, de las confidencias y reflexiones poéticas que comparte con Hernández, pasa a derrochar atenciones hacia Josefina Manresa cuando tiene que criar sola a su hijo Manolín –así se refiere a él Aleixandre– y gestionar el legado literario de su fallecido esposo.

Dada la especial relevancia de las cartas que comparte con Hernández, se echa en falta las que corresponden a su período de encarcelamiento –probablemente “extraviadas” para evitar represalias con las autoridades franquistas– y, sobre todo, las respuestas del pastor de Orihuela y su esposa al que en 1977 se convertiría en Premio Nobel de Literatura. Unas faltas que el propio escritor justificó en unas declaraciones que se recogen en el libro y que aluden a su estimada hermana Conchita:

“Conchita es buenísima e inteligente, y me adora, pero no tuvo nunca conciencia de la importancia de mi obra literaria, quizá porque no podía entenderla. Eso explica que ahora tenga tendencia a romper todos los papeles y cartas que recibo, porque cree que no tienen interés , y también que nunca me haya ayudado a reordenar mi archivo […] en la imposiblidad de ordenar mi archivo he roto miles de cartas y apenas sí conservo una docena”. 

Por fortuna, Aleixandre, gran lector de las colecciones epistolares de los grandes clásicos europeos (entre los que este género se había valorado intensamente a nivel editorial) contextualiza a la perfección sus escritos, de modo que el lector, sin demasiados malabarismos, es capaz de imaginar o reconstruir mentalmente las piezas ausentes. Asimismo, el libro suple la imposibilidad de leer las cartas en su estado original con una exhaustiva descripción de los detalles, incluso estéticos, que acompañan a las misivas.

Entre las emotivas joyas que podemos extraer de estas perlas manuscritas, está el tono de confianza que se establece entre Miguel Hernández y Vicente Aliexandre, doce años mayor que el primero. El pastor de Orihuela fue el primer autor casi desconocido al que el Nobel apadrinó como haría en los años 40 y 50 con la nueva generación de poetas y conservará durante toda su vida una imagen fresca y revitalizante de él, del que siempre destacará, amén de su talento literario, su desbordante bondad y su tierna generosidad:

“Yo estaba enfermo, porque pasé dos años de la guerra en cama, en una recaída de mi enfermedad renal. Me acuerdo siempre con emoción que, en aquella escasez de alimentos, yo enfermo, venía Miguel del pueblo de su mujer con un saco de naranjas, que entonces era un tesoro y que él me traía a cuenta de Dios sabe cuántas privaciones. Entraba y arrojaba su contenido sobre mi cama, con su gran sonrisa iluminadora y era como un desprendimiento de luz y de generosidad”. 

va mh

Entre los fascinantes hallazgos de estas cartas cabe destacar el período experimental de Miguel Hernández en su etapa capitolina, en la que se rindió a los encantos del surrealismo de Maruja Mallo y rompió relaciones con su adorada Josefina Manresa. Esta última, junto a Sijé, se convierten en la conexión telúrica, en la encarnación de las raíces y de la vida sencilla, en definitiva, en los firmes contrapuntos a la vida libertaria que Hernández disfruta en Madrid y en los ambientes literarios en los que se mueve. Sobre ellos pregunta Aleixandre en sus cartas, especialmente por Manresa, de la que comienza en sus primeras cartas sosteniendo que le inspira “pena” y a la que acaba convirtiendo en un miembro más de su familia: hace suyos los padecimientos de la mujer a la que Hernández regresa y acaba convirtiendo en su esposa.

En la correspondencia con Miguel Hernández, se observa a un Vicente Aleixandre necesitado de las respuestas, atenciones y el vitalismo del poeta de Orihuela. Con él se muestra puro, reflexivo, hondo y sin tapujos en sus largos períodos de hastío por la enfermedad renal que sufre. Con él habla de que su necesidad de “verterme hacia fuera”, que no es más que su concepción de la poesía y de la propia vida. Y a Hernández hace sus declaraciones más íntimas: “He sufrido en el amor”, le asegura, para más adelante confesarle: “Eres la persona en quien yo siento la más profunda confianza; el amigo que más se acerca a la naturaleza. Qué curioso, que siendo tan distintos en cosas diferentes (probablemente accesorias) yo sienta contigo como con nadie la inspiración profunda de la verdad del pecho”. 

josefina y miguel

En las cartas que envía a Josefina Manresa, Vicente Aleixandre se muestra distinto, pero no parece otro: sigue manteniendo el tono de cordialidad y estima que le caracteriza. Pero con la esposa de Hernández deja a una lado las confidencias sexuales y poéticas y establece una relación de proteccionismo y entrega: vela por el legado del poeta, asesora sin descanso a la viuda, se preocupa por ella y por su hijo, por sus hermanos (huérfanos tras la pérdida de sus padres), le envía dinero (y hasta sellos para que pueda contestarle) y se convierte en el albacea en la sombra del patrimonio hernandiano llegando incluso a redactar a Josefina Manresa las cartas que ha de entregar a las editoriales. Una relación epistolar, de consejo, tutelaje y, con los años, de reposado cariño, que se extiende hasta la muerte del poeta sevillano.

Leyendo De Nobel a novel uno puede apreciar la grandeza y generosidad de Vicente Aleixandre y cuán responsable es de la imagen que actualmente conservamos del escritor de Orihuela. Miguel Hernández, sin desprestigiar con ello su talento y valía, ha sido un cadáver poético izado y manteado en la cultura popular, primero gracias a Aleixandre y, a partir de los años 70, a Joan Manuel Serrat. Por eso este libro, en el que los versos son escasos (apenas unas cuantas alusiones) se convierte en una suerte de obra literaria paralela, interesantísima, y en un objeto de estudio y admiración profundos. En esa mezcla de erudición, talento, reflexión, vida, muerte y necesidad, la intimidad discurre de forma natural, diríase incluso que vulgar, y nos planta, con los ojos abiertos y asombrados, ante dos maestros contemplados desde una perspectiva privada y, por tanto, menos afectada, más cercana. Maravillosa.

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