Fábula (para niños) sobre la invención del marcapáginas

Cuenta la leyenda que una muchacha llamada Raquel escapaba todos los días a las afueras del reino para disfrutar de unas horas de lectura porque su padre, un acaudalado noble, no aceptaba esa enfermiza obsesión de su hija por los libros, que la hacían descuidar los deberes de las chicas de su edad y linaje.

Una tarde, mientras leía a la sombra de un árbol en la ladera, vio cómo un joven escudero se salía del camino y hacía ademán de sentarse a descansar, pero cuando se percató de su presencia, volvió a erguirse y, sacando pecho, siguió de nuevo con su marcha. Día tras día, el escudero recorría la misma vereda, cada vez con más frecuencia, hasta que logró convertirse en una presencia rutinaria para la muchacha, que acabó respondiendo a sus lejanos saludos con una tímida sonrisa. Aunque no se consideraba un hombre de grandes gestas, por una vez decidió tomar la iniciativa y no esperar a que el destino le diese la respuesta: comenzó a subir el empinado terreno donde Raquel permanecía inmóvil, con su libro abierto, como cada día. Desde la distancia se intuía que el joven traía un obsequio escondido entre sus manos, pero el escarpado terreno y los resbalones le impidieron ocultar la sorpresa mucho tiempo: Raquel se emocionó al ver que le llevaba una rosa roja, el símbolo inequívoco del amor. Sin querelo, el escudero consiguió aliviar los nervios del encuentro con el elixir de una sonrisa: la que despertó en ella, mientras avanzaba torpemente por la ladera, sin poder evitar que cada tres pasos se produjese un nuevo resbalón que lo arrojaba al suelo. Y cuando estaba casi al punto de alcanzarla para estrecharla entre sus brazos, el escudero tropezó dejando la flor sobre el libro abierto de Raquel, quien inmediatamente lo cerró para ayudar a incorporarse a su enamorado. La rosa aprisionada entre las hojas del libro fue olvidada por ambos justo en el momento en el que sus ojos se encontraron.

medieval

A las pocas semanas, los rumores de que la hija del noble más poderoso de toda la comarca tenía encuentros furtivos con un humilde escudero llegaron a los oídos de su padre, quien encolerizado, le prohibió volver a acercarse al joven. Ante la imposibilidad de seguir viéndose cada tarde, ambos pensaron en huir de aquel lugar para vivir su amor sin ataduras pero el escudero, en un intento por salvar las relaciones de su amada con su progenitor, se alistó en el ejército para ganarse el reconocimiento del que esperaba que un día se convirtiese en su suegro.

Tras varios meses en el frente, llegaron noticias de que el joven había caído muerto en la guerra y, rota por el dolor, Raquel se escapó lo suficientemente lejos para no ser encontrada jamás por su padre. Aprendió a vivir en el anonimato, subsistiendo con el cultivo y venta de frutas y hortalizas, sin comodidades ni ningún libro que leer.

Pasaron muchos años hasta un día recibió la noticia del fallecimiento de su progenitor y decidió acercarse a su antiguo hogar. Allí recorrió todas las estancias y examinó todos los adornos y lujosas pertenencias que le corresponderían como única heredera, pero todo le parecía inútil. Cuando llegó a la que había sido su alcoba y su refugio, Raquel contempló atónita cómo su padre había conservado todo tal y como ella lo había dejado el día de su partida, como si de algún modo, aquellos objetos la hubiesen retenido allí todo ese tiempo. Se abalanzó sobre la pila de libros que leía en aquella época y le llamó la atención que de uno de ellos brotaba un palo seco y doblado, casi partido. Al abrirlo Raquel descubrió que era el tallo de la rosa que el escudero le había regalado el día que se conocieron. Recordó la escena con una mezcla extraña de ternura y dolor y decidió quedarse allí, sentada en el suelo, retomando la lectura por donde se había quedado. Cuando terminó el libro, se secó las lágrimas, hizo un recuento de toda la plata, el oro y las telas importadas que inundaban la casa y decidió que con ellos fabricaría marcadores de páginas para ayudar a todo aquel que lo desease a continuar su historia donde la habían dejado.

A falta de conocimiento sobre el origen de algo, nunca está de más inventarse uno que nos guste.

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