Fotos contadas (VI): Un grito en silencio

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Resulta fácil empaparse del asombro que arrojan esos ojos, de ese asombro que transita entre la admiración y el espanto que sólo producen las sensaciones de estreno. El encuadre nos impide ver qué es lo que ha provocado la sorpresa, esa apertura mayúscula de los párpados, ese erizamiento de los sentidos. No sabemos qué ha perturbado su perfecta inocencia, si contempla algo atroz o algo fascinantemente nuevo. Podría parecer que se ha cruzado con el hombre del saco o con un unicornio cabalgando por el arcoíris. No imaginamos que el asombro, aunque explote en sus ojos, se ha colado en realidad por su oreja.

Harold Whittles era sordo de nacimiento y nos hallamos ante el preciso instante en el que la vida ha invadido sus oídos. Por primera vez, en la cabeza de ese niño penetra el eco de otras voces, el rumor hueco de la existencia. Ahora entiende cómo suena la palabra madre, qué sonido desprende su garganta. Es la primera vez que oye, sí. Y el primer sonido que ha roto el silencio aterrador que lo aislaba ha sido un llanto preñado de alegría. Es la primera vez que oye, sí: el mundo ha asaltado de golpe sus sentidos, ¿cómo no estar perplejo? ¿Cómo no parecer asustado?

Qué curioso. Estamos ante una imagen muda, silente, que nos grita tanto; y ante un primer sonido que ha dejado a su protagonista sin palabras. La vida, Harold Whittles lo acababa de entender al mismo tiempo que oía por primera vez, era todo eso que transcurría en el canto de una moneda de dos caras irreconciliables.


 

*La imagen que se reproduce en este post para la sección de “fotos contadas” fue tomada por Jack Bradley en el momento en el que Harold Whittles oía por primera vez

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